26 mar 2026

EL IMPERIO PARPADEA

Crónica de una guerra anunciada y de una retirada envuelta en testosterona digital

La escenografía era impecable, líneas rojas superpuestas, amenazas cruzadas, ultimátums de saldo y una coreografía bélica diseñada para parecer controlada, justo hasta el instante en que dejó de estarlo.

No estamos ante una estrategia, estamos ante una máquina de escalada concebida para avanzar por inercia, sin volante y casi sin frenos. O mejor dicho, con frenos de emergencia, pero solo cuando en algún despacho le explican al emperador de la bronca permanente que sus bonos del Tesoro corren el riesgo de convertirse en confeti financiero.

Porque sí, en esta fase del desorden mundial, las guerras ya no se miden solo en misiles, sino en curvas de rendimiento, primas de riesgo y rutas marítimas, y ahí es donde la teatralidad imperial suele descubrir, con cierto estupor, que la realidad no se intimida con mayúsculas.

El grupo terrorista en Asia Occidental golpea South Pars, el mayor yacimiento de gas del planeta, compartido con Qatar. Después llega el ataque contra Natanz, uno de los nodos más sensibles del programa nuclear iraní. Irán responde en Dimona y Arad, a escasa distancia del corazón nuclear del Néguev. Israel, fiel a su doctrina de castigo estructural, devuelve el golpe sobre Teherán e Isfahán. Y desde Teherán llega una constatación tan sobria como devastadora, agua y electricidad, en estado crítico.

Es decir, se ha cruzado el umbral que separa la guerra de la señalización de la guerra de infraestructuras. Ya no hablamos de “disuasión”. Hablamos de capacidad de demolición sistémica.

Y ahí entra en escena el gran especialista contemporáneo en incendiar una habitación y luego exigir un Nobel de bombero.

Aparece el inquilino de la Casablanca, con su mezcla habitual de testosterona digital, improvisación de casino y diplomacia de reality show. Lanza un ultimátum de 48 horas: o se reabre Ormuz o Estados Unidos “atacará y aniquilará” las centrales eléctricas iraníes, empezando por “la más grande”.

Una amenaza formulada con la profundidad estratégica de un matón de resort, pero con consecuencias potenciales de alcance planetario.

Porque en el mundo real —ese lugar ingrato donde los discursos se topan con la logística— cerrar Ormuz no es una metáfora. Es una alteración sísmica del metabolismo energético global. Y Teherán respondió precisamente en ese registro: si se tocan sus centrales, Ormuz quedará completamente cerrado. No como gesto teatral, sino como acto de guerra económica integral.

Aún más explícito fue el mensaje del presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf: “si la escalada continúa, la infraestructura energética y petrolera del Golfo Pérsico será destruida de forma irreversible”. La palabra importante aquí no es “destruida”. Es “irreversible”. Porque eso ya no es un intercambio de golpes. Es una advertencia de descomposición regional organizada.

Y entonces llegó el momento más revelador de toda esta secuencia, el ultimátum expiró. No por una concesión iraní, no por un éxito diplomático, no por una mediación milagrosa. Expiró porque el propio Trump retrocedió.

Lo hizo, naturalmente, por el canal más coherente con su estatura histórica, Truth Social, ese vertedero barroco donde la posverdad se maquilla de estadista. Allí anunció que se estaban produciendo “conversaciones muy buenas y productivas”. El problema es que Irán lo desmintió casi de inmediato. Sin aspavientos, sin dramatismo, sin necesidad de adornar la humillación, el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní dejó caer la frase que resume toda la escena: “no hubo conversaciones”. Y añadió que Irán rechaza cualquier diálogo hasta alcanzar sus objetivos de guerra. Traducido al castellano geopolítico: no, no te hemos llamado.

Entonces, ¿qué ocurrió realmente? Lo que suele ocurrir cuando un imperio amenaza con incendiar el sistema y alguien le enseña la factura. Irán hizo llegar, a través de Omán, un mensaje tan simple como letal. Si Washington ejecutaba su amenaza, cargaría con la responsabilidad política, financiera y económica de un colapso global de primera magnitud. Y esa amenaza no iba dirigida solo al Pentágono, iba dirigida a Wall Street, a los tenedores de deuda, a los fondos soberanos del Golfo y a todos esos actores que pueden tolerar casi cualquier atrocidad, salvo una dislocación seria del circuito de acumulación.

Alguien debió de explicarle entonces al emperador que la economía mundial no funciona como un mitin,que los bonos del Tesoro no son tótems místicos, que los mercados pueden tolerar la guerra, hasta que la guerra empieza a oler a descontrol sistémico. Y que si además el conflicto abre la puerta a represalias híbridas contra infraestructuras digitales, centros de datos, logística energética o tráfico marítimo, la fantasía de “castigo quirúrgico” se convierte en lo que siempre fue, una mentira.

Así, por una de esas metamorfosis tan frecuentes en la política imperial, el ultimátum de 48 horas se convirtió súbitamente en una “pausa de cinco días”. Una pausa, por supuesto, vendida como maniobra maestra, porque si algo domina Washington es el arte de redecorar la retirada como si fuera doctrina. Pero conviene llamar a las cosas por su nombre, esto no fue una demostración de control, fue una marcha atrás envuelta en marketing de testosterona.

La Casablanca amenazó con incendiar una región que concentra una parte crítica de la energía mundial, recibió una respuesta creíble sobre las consecuencias y, acto seguido, se echó atrás sin admitirlo. No es una excepción, es una constante. La política exterior del Imperio del Caos ya no consiste en ordenar el mundo, sino en simular que todavía puede hacerlo.

Lo que realmente está en juego no es solo el petróleo, sería un error leer esta crisis únicamente en clave energética. Sí, el petróleo importa, sí, Ormuz importa, sí, el gas del Golfo importa, pero lo que está en juego es algo más profundo, la arquitectura de credibilidad sobre la que descansa el poder estadounidense. Un poder que ya no se sostiene solo en portaaviones, sino en una combinación cada vez más frágil de supremacía financiera, confianza en la deuda soberana, control de rutas estratégicas, dependencia tecnológica global, y la vieja ficción de que Washington todavía puede imponer costes sin asumirlos. Ese es el verdadero núcleo de la crisis, porque cuando una potencia descubre que es vulnerable en energía, comercio, deuda, datos e infraestructuras al mismo tiempo, deja de actuar como árbitro y empieza a comportarse como lo que realmente es, un jugador nervioso con demasiadas fichas comprometidas.

Irán juega a otra cosa, no a ganar la guerra, sino a volverla impagable. No necesita “vencer” en el sentido clásico. Le basta con una estrategia mucho más sofisticada y más cruel, hacer que el precio de la guerra sea inasumible y eso es lo que está haciendo. Si la presión se traslada a Kharg, puede abrirse otro frente marítimo.

Si se amplía la ofensiva sobre infraestructura crítica, los hutíes pueden endurecer el cerrojo sobre Bab el-Mandeb. Si el Golfo entra en pánico operativo, los fondos soberanos de la región tendrán que decidir si siguen financiando con normalidad un orden liderado por una potencia que ya no transmite estabilidad, sino riesgo de contagio. Y ahí está la clave, Irán no está jugando al ajedrez táctico de los titulares, está jugando al desgaste sistémico de los balances. Es una partida geopolítica en la que cada movimiento del adversario puede empeorar su propia posición. Y eso, para una superpotencia adicta al espectáculo de la intimidación, es veneno puro.

La gran noticia no es que la guerra continúe, es que ya todos saben quién parpadeó primero. Dentro de cinco días, el teatro puede reanudarse. Habrá nuevos comunicados, nuevas amenazas, nuevos expertos televisivos confundiendo histeria con estrategia Pero algo ha cambiado y no es menor. Lo que ha quedado expuesto no es solo la peligrosidad de esta escalada, sino la pérdida de margen real del actor que todavía se presenta como director de la obra. Porque el dato decisivo no es que Estados Unidos amenace, el dato decisivo es que ya no siempre puede permitirse cumplir sus amenazas. Y cuando un imperio descubre eso en público, entra en una fase especialmente delicada, la fase en la que sigue hablando como hegemón, mientras empieza a maniobrar como deudor.

Dicen que Washington buscaba una “salida digna” y la encontró. Consistía en amenazar con destruir media región, retroceder antes de hacerlo, vender la retirada como táctica magistral y terminar desmentido por el propio país al que supuestamente había doblegado. Una coreografía impecable. La próxima función, en cinco días y como siempre, con entrada gratis para el caos.

23 mar 2026

Peaje en Ormuz: Cuando el Imperio juega a la ruleta energética y descubre que la banca ya no es suya

Atacar South Pars no es una operación quirúrgica, es dinamitar el tablero mientras la mano que sostiene el mazo está temblando. ¿Qué ocurre cuando la arrogancia estratégica colisiona con la aritmética?

Hay momentos en la historia en que un actor decide confundir el tablero con su propiedad privada. El resultado siempre es el mismo, alguien recoge las piezas. Y esta vez, ese alguien no habla inglés.

Atacar South Pars —el mayor yacimiento de gas del planeta, corazón del sistema energético iraní y arteria de abastecimiento para un tercio de la demanda global de GNL— no es una escalada táctica. Es una declaración ontológica, el orden que yo impongo vale más que el orden que todos necesitamos. Una filosofía comprensible, quizá, en el siglo XIX. En el XXI, con misiles de precisión hipersónica y economías interconectadas en tiempo real, es sencillamente suicida.

Se prometió una operación quirúrgica para doblegar a Teherán y se obtuvo una guerra energética sistémica. La diferencia entre ambas es, aproximadamente, el mundo entero. Pero el método persiste. El Imperio del Discurso, ese que dispara primero y narrativiza después, ha vuelto a desplegar su manual favorito, que consiste en el anonimato operativo y el exhibicionismo retórico. Israel actuó "por ira espontánea", Qatar "no estaba al corriente", Irán respondió "confundido". Naturalmente, el ejército más poderoso del planeta tiene el don sobrenatural de ausentarse justo cuando explota la infraestructura más sensible del planeta. Debe de ser una coincidencia estadística notable, o quizá no. Cuando la coartada requiere que tres actores simultáneamente no sepan nada, no vean nada y no hagan nada, lo que se tiene no es una coartada, es una ficción con pretensiones geopolíticas.

La respuesta de Teherán no fue simbólica, no fue proporcional en el sentido clásico y, sobre todo, no fue improvisada, fue pedagógica. Un tren de GNL en llamas en Ras Laffan Industrial City no es un tren en llamas, es un mensaje enviado en el único idioma que el capital global entiende sin intérpretes, en el idioma de las pérdidas cuantificables. Un tren de licuefacción de gas natural no es una tubería. Es un ecosistema industrial de élite, una instalación capaz de enfriar gas a −162°C para convertirlo en carga transportable y hay catorce en el mundo. Sustituir uno requiere al menos una década, ingeniería de primer nivel, capitales de varios órdenes de magnitud y, sobre todo, condiciones de seguridad que el Golfo Pérsico acaba de demostrar que no garantiza nadie. Operados por los grandes nombres del capital occidental —ExxonMobil, Shell, ConocoPhillips, TotalEnergies— y, como ha quedado meridianamente claro, dentro del radio de acción de misiles que no piden autorización de vuelo. El Occidente energético apostó a que podía tocar South Pars y que Teherán respondería con notas diplomáticas en papel timbrado. Error de cálculo, la lista de objetivos ya no es un rumor, es un calendario con fechas.

El Estrecho de Ormuz, mientras tanto, ha consumado su mutación. Ya no es un corredor internacional de libre tránsito garantizado por el derecho marítimo, es un peaje con aranceles balísticos. Quien quiera pasar, que negocie o que rece. Preferiblemente ambas cosas, y en divisas que Teherán acepte. La ironía estructural del momento es que no han sido las baterías costeras iraníes las que han paralizado el tráfico. Han sido las aseguradoras de Lloyd's y sus equivalentes, actualizando sus modelos de riesgo en tiempo real, las que han elevado las primas a niveles que hacen el tránsito económicamente inviable. Teherán no necesitó cerrar el estrecho. Occidente lo hizo por él, con una eficiencia admirable. Las cifras, que siempre arruinan los relatos heroicos, un peaje del 10% sobre el valor del tránsito energético por Ormuz podría representar decenas de miles de millones anuales. Y aquí aparece la variable que reescribe la ecuación entera, la divisa. Si la carga viaja en yuanes, quizá circule sin fricciones. Si no, la ruleta está abierta. Bienvenidos a la primera autopista energética con aranceles.

La economía de la defensa tiene una asimetría de costes. Interceptar un misil hipersónico o un enjambre de drones de precisión cuesta entre diez y cien veces más de lo que cuesta lanzarlo. Cuando el atacante gasta una fracción del precio del defensor para impactar objetivos de alto valor estratégico, la ecuación deja de ser militar para convertirse en contable. Y en contabilidad, las épicas duran exactamente lo que dura el presupuesto. La estrategia iraní consiste en la asfixia estructural. Agua, electricidad, capacidad portuaria, refino. Cuatro palancas, y un país inmovilizado, sin necesidad de ocupar un centímetro de territorio. No se busca ganar batallas en el sentido convencional, se busca paralizar sistemas, hacer que el coste de continuar supere con claridad el coste de negociar. Es una estrategia que requiere de paciencia, precisión y capacidad de sufrimiento. Teherán lleva décadas practicando las tres.

Mientras ardían los trenes de GNL, otra construcción hacía aguas discretamente, el consenso interno de los BRICS. India, anfitriona de la próxima cumbre, ha decidido jugar a dos bandas. Retórica del Sur Global en los foros multilaterales y alineamiento selectivo con Washington en las decisiones que importan. El triángulo RIC —Rusia, India, China— entra en fase crepuscular. Si hay reconfiguración, pasará probablemente por una geometría donde Irán deje de ser el invitado incómodo para convertirse en el nodo energético imprescindible. Pekín, mientras tanto, juega una partida completamente diferente. Contratos energéticos de largo plazo con Teherán, suministro estable, descuentos implícitos, previsibilidad y presencia tecnológica: plataformas de inteligencia electromagnética, ecosistema satelital de observación en tiempo real, y transferencia de capacidades que no aparecen en los comunicados oficiales. Cuando la infraestructura crítica se degrada con precisión milimétrica, la palabra "casualidad" se convierte en un lujo semántico que nadie se puede permitir.

El capital, ajeno a los relatos heroicos, hace lo que el capital siempre hace. Busca estabilidad y huye del riesgo sistémico. Pekín reduce metódicamente su exposición a deuda soberana estadounidense mientras acumula oro y profundiza los circuitos de pago alternativos al sistema SWIFT. El comercio energético denominado en yuanes deja de ser un experimento geopolítico para convertirse en una rutina operativa. Y en el Golfo, los grandes fondos soberanos revisan su exposición a activos estadounidenses. Dos billones de dólares no son una nota a pie de página en un informe trimestral, son una marea que redefine la geografía financiera global. El vector es inequívoco, capital hacia Asia, donde las reglas parecen más estables que los discursos occidentales. Infraestructura frente a incertidumbre. Contratos a veinte años frente a improvisación de ciclo electoral. La hegemonía no se pierde en una batalla, se pierde cuando el dinero encuentra mejores condiciones en otro lugar.

Cada actor en este tablero ha revelado con claridad su naturaleza profunda. Washington, la performatividad del poder: el gesto, el comunicado, la exhibición de fuerza que ya no disuade a quien decidió que el coste de ceder supera el coste de resistir. Nueva Delhi, la ambigüedad calculada, el arte de no comprometerse con nadie para no perder el acceso a nadie, con el riesgo creciente de que ese arte se convierta en irrelevancia bilateral. Pekín, la acumulación paciente, posiciones de largo plazo, ausencia de teatralidad, presencia creciente. Teherán, la respuesta asimétrica que multiplica efectos, no ganar guerras, sino hacer que ganarlas cueste demasiado.

Lo que está en juego ya no es un yacimiento ni un titular. Es una pregunta que Occidente lleva décadas aplazando ¿puede una civilización energética sostenerse sobre un puñado de nodos críticos mientras su principal garante actúa como un jugador impulsivo que confunde la intimidación con la estrategia? La respuesta, en tiempo real, se está escribiendo en el Golfo Pérsico. En yuanes, preferiblemente.

Sigan bailando. Pero recuerden la nueva tarifa, aquí se paga al entrar. Salir, si es que se sale, ya tal…

10 mar 2026

EL BURKA MEDIÁTICO

Desde 1979, existe un consenso inquebrantable en el club de la buena conciencia occidental: Irán es el infierno en la tierra para las mujeres. Lo afirman por igual CNN, FOX, BBC, el Grupo Planeta o Prisa. Lo repiten como un mantra think tanks financiados por el complejo militar-industrial y lo corean ONG que reciben sus migajas de la fundación de turno. Todos, al unísono, denuncian el velo y el patriarcado persa.

La cantinela es tan predecible como sospechosa. En los últimos años, este "feminismo" de salón alcanzó su clímax de utilidad cuando se le ordenó ser el altavoz de una frustrada "revolución de colores". Pero la realidad es tozuda y siempre termina desenmascarando la hipocresía con una bofetada.

Observen el ingenioso mecanismo. A este movimiento feminista artificial se le permite, de vez en cuando, soltar un comunicado tibio contra el machismo de Trump o la violencia de Netanyahu. Porque son críticas estériles, fuegos de artificio que no afectan ni un ápice a la política exterior del Imperio. A veces incluso son útiles para que los demócratas intenten robarle un puñado de votos a la extrema derecha. Pero, cuidado, que nadie se llame a engaño. En el tablero global, este pseudoactivismo no es más que una pieza más en la masiva maquinaria de propaganda del imperialismo. Sigue al pie de la letra el guión escrito en las salas de juntas de los grandes bancos de Nueva York y Londres. Son peones en una partida de ajedrez geopolítico donde las reinas (y los peones) se sacrifican según convenga.

La prueba del algodón, la que debería hacer sonrojar a muchos es: ¿Dónde está ese mismo ejército de la virtud cuando las bombas caen de verdad? ¿Acaso vimos a estos supuestos paladines de los derechos de las mujeres en los mass media, rasgarse las vestiduras cuando la aviación estadounidense, desde sus bases en Emiratos Árabes, borraba del mapa barrios residenciales en Damasco o Bagdad, con cientos de mujeres y niños bajo los escombros? Claro que no. El falso feminismo "made in USA" es un producto de temporada, se activa cuando hay que desestabilizar a un gobierno que no se pliega a los dictados de Washington, y se desactiva automáticamente cuando el responsable de la masacre se sienta en el Despacho Oval.

La hipocresía alcanza cotas de genialidad grotesca en el último acto. En estos medios de masas de desinformación, criticaron (con cuentagotas) el genocidio israelí, en un desesperado intento por no perder el último gramo de credibilidad entre las masas con un mínimo de conciencia humana. Pero en el momento exacto en que el régimen de Tel Aviv, ese mismo que ha asesinado a más de 15.000 mujeres palestinas con la aquiescencia de Occidente, decidió sumarse a la agresión contra Irán, el milagro se produjo. De repente, los socios y compinches de Jeffrey Epstein —ese gran filántropo y paladín de la moral— se transformaron en los libertadores de las mujeres iraníes. El cinismo, en su máximo esplendor.

Por supuesto, ninguno de estos iluminados contará la otra cara de la moneda. No dirán que la mujer iraní, fruto de la misma Revolución que tanto execran, tiene más acceso a la educación universitaria que la mayoría de sus vecinas en el Golfo. No mencionarán que su participación en el mercado laboral, en la ciencia o en el arte es envidiable para cualquier país de la región que no sea una monarquía del petróleo. ¿Cómo van a hacerlo, si eso estropearía el relato? Por supuesto que no podemos obviar la represión que ha existido y existe en Irán, hacia las mujeres, y personas disidentes, especialmente hacia el comunismo y aquellos que defendían una suerte de “Islam de la liberación”, para entendernos. Pero el paraguas de justificación que se está usando para aplicar el imperialismo es burdo, teniendo en cuenta el contexto de libertades de prácticamente todos los países del entorno. La mayor parodia es un líder terrorista presidiendo Siria y siendo recibido con honores en la Casablanca.

Lo que el Imperio jamás ha podido digerir no es el velo. Es que Irán se atreviera a expropiar su compañía petrolera anglo-iraní. Es que osara construir un Estado independiente, libre de las dictaduras "títeres" que ellos mismos instalaron para saquear sus recursos. Y lo más irritante, que esa Revolución, lejos de extinguirse bajo décadas de sanciones y amenazas, se haya fortalecido hasta el punto de devolver el golpe.

Porque lo que estamos presenciando hoy con los ataques del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica no tiene precedentes. Al hacer blanco en las bases militares y diplomáticas de EEUU y la OTAN en la región, Irán no solo se defiende, está dinamitando los cimientos de la dominación colonial. Está diciendo: "Se acabó el saqueo". Como bien expresó el viceministro de Exteriores persa: "No tenemos otra opción que poner fin a la presencia estadounidense en el Golfo". Esta no es una guerra más, es la guerra por la descolonización definitiva de Oriente Medio.

Y es aquí donde la ironía se vuelve brutal. El mismo imperialismo que se arroga el derecho de liberar a las mujeres iraníes es el que sostiene a las monarquías absolutas y dictaduras militares de la región (Emiratos, Baréin, Catar, Arabia Saudí...). Regímenes donde no existe ni el más mínimo derecho democrático y donde, por supuesto, la vida de la mujer transcurre en la más absoluta oscuridad legal y social, tutelada por un hombre. Esos son los aliados de nuestros "feministas". Esos son los que bombardean Yemen con bombas de fabricación estadounidense mientras sus mujeres son meras propiedades. ¿Alguna vez han visto una portada de revista denunciando la situación de la mujer saudí con la misma saña que la iraní? No, porque la mujer saudí es un precio aceptable a cambio de contratos millonarios y petróleo barato.

Al atacar las bases del Imperio, Irán no solo debilita al lobo, sino que también desenmascara a sus perros guardianes. Cada misil iraní que impacta en una base estadounidense es un mazazo a la estabilidad de esos regímenes títeres. Y con cada mazazo, la perspectiva de que esos pueblos, incluidas sus mujeres, puedan algún día liberarse de la doble opresión (la de sus dictadores locales y la del amo extranjero) se vuelve un poco más real.

No tardará el día en que los pueblos de Oriente Medio comprendan que el ejemplo iraní no es una amenaza, sino un espejo. Un espejo que refleja la posibilidad de la dignidad y la soberanía. Y en ese nuevo amanecer, las mujeres, siguiendo el ejemplo de sus hermanas iraníes, serán más libres que nunca. Pero claro, esa libertad no saldrá en los titulares de la CNN. No vende armas.

7 mar 2026

LA OFENSIVA CONTRA IRÁN Y EL OCASO DEL IMPERIO

La escalada militar desatada contra Irán durante la última semana no constituye un mero conflicto bilateral, sino un punto de inflexión en las relaciones internacionales cuyas repercusiones redefinirán el orden global durante las próximas décadas. Lo que presenciamos no es un "conflicto localizado" —como eufemísticamente lo calificarían los comunicados oficiales— sino la extensión natural de un modus operandi imperial que, habiendo agotado su repertorio en Gaza, busca nuevos escenarios donde representar su ya gastada obra de "guerra humanitaria" y "defensa preventiva".

Los bombardeos sobre Teherán, Isfahán y otras ciudades iraníes verificados desde el 28 de febrero presentan características que trascienden lo militar para adentrarse en lo que el derecho internacional tipifica sin ambages como crímenes de guerra. El jurista Alfred de Zayas, en un análisis que debería quemar las manos de cualquier funcionario de Naciones Unidas con mínima integridad profesional, ha documentado violaciones sistemáticas de la Carta de Naciones Unidas (artículo 2.4, prohibición del uso de la fuerza), los Convenios de Ginebra (protección de civiles y bienes de carácter civil) y el Estatuto de Roma (crímenes de agresión y contra la humanidad).

Resulta casi cómico —si no fuera trágico— observar cómo los mismos actores que firmaron estos instrumentos jurídicos los convierten en papel mojado con la naturalidad de quien utiliza un paraguas roto. La comunidad internacional asiste, una vez más, al espectáculo de ver cómo el derecho internacional se aplica con el mismo rigor selectivo que la justicia en una república bananera.

Los ataques contra infraestructura educativa —particularmente la escuela primaria bombardeada el primer día, con 165 niñas asesinadas— no constituyen "daños colaterales" sino mensajes codificados en un lenguaje que Washington domina a la perfección, el de la disuasión mediante el terror. Cuando se destruyen sistemáticamente hospitales, barrios residenciales y centros educativos, no se está "degradando capacidades militares", se está comunicando a la población que ningún lugar es seguro, que la distinción entre combatiente y civil es un concepto tan obsoleto como el derecho internacional que pretendía protegerlo.

La destrucción de la residencia del ayatolá Jamenei, con el asesinato del líder espiritual y su familia, representa una escalada cualitativa, el asesinato selectivo de liderazgos religiosos no es mera táctica militar, sino un acto con profundas implicaciones simbólicas que solo puede entenderse desde una lógica de cruzada.

Las declaraciones de Donald Trump —ese fenómeno político que algunos analistas persisten en llamar "presidente" cuando términos como "capo mafioso o terrorista con acceso a códigos nucleares" resultarían más precisos— revelan una concepción teocrática del poder que resultaría pintoresca si no estuviera respaldada por el mayor arsenal de la historia. Afirmar que se actúa como “designado por Dios” y rezar en la Casablanca, con una imagen que parece replicar la Última Cena, rodeado de sus “apóstoles”, mientras se bombardea a niñas en escuelas constituye un ejercicio de disonancia cognitiva que solo puede sostenerse desde una fe inquebrantable en la propia impunidad.

El Secretario de Defensa, Pete Hegseth —cuyo perfil psicológico merecería un estudio clínico aparte—, ha manifestado un entusiasmo beligerante que recuerda a esos personajes de la historia universal que solemos estudiar con la seguridad de que "eso no volverá a ocurrir".

El alineamiento automático de líderes europeos —como el británico Starmer, el francés Macron o el alemán Merz— con la agresión estadounidense constituye uno de los espectáculos más patéticos de la geopolítica contemporánea. Estos mandatarios, que gustan de presentarse como defensores del multilateralismo y el orden internacional basado en reglas, actúan en la práctica como notarios de una política que dinamita precisamente esas reglas.

Su complicidad no es pasiva, es activa, logística, diplomática y, llegado el caso, militar. La pregunta que deberían formularse los ciudadanos europeos es ¿hasta cuándo seguirán pagando los costos —económicos, migratorios, de seguridad— de una subordinación que ni siquiera les reporta beneficios tangibles?

Paradójicamente —y aquí reside el interés analítico del momento—, esta exhibición de fuerza delata una debilidad estructural que los manuales de estrategia militar identifican como "sobrextensión imperial". Estados Unidos y sus aliados han desplegado tal volumen de recursos en Ucrania, el Pacífico y ahora Oriente Próximo, que su capacidad para sostener múltiples frentes simultáneos encuentra límites materiales insostenibles.

Irán, consciente de esta dinámica, ha diseñado durante décadas una estrategia de guerra asimétrica y desgaste progresivo que comienza a mostrar resultados. La economía estadounidense, con niveles de deuda que harían palidecer a un apostador compulsivo, difícilmente podría sostener un conflicto prolongado de alta intensidad sin consecuencias sistémicas.

Nos encontramos, posiblemente, ante un "momento constituyente" del orden global. La pregunta no es si el sistema unipolar occidental sobrevivirá, sino qué forma adoptará su transformación y qué costos humanos implicará el proceso.

Los líderes occidentales, atrapados en su propia retórica excepcionalista y en fantasmagorías teológicas que mezclan el sionismo mesiánico con el evangelismo apocalíptico, parecen incapaces de leer las señales que el sistema internacional les envía. Actúan como esos personajes de tragedia griega que, ciegos a su destino, caminan resueltamente hacia el abismo mientras declaman su propia invulnerabilidad.

La agresión contra Irán no constituye un episodio más en la larga lista de intervenciones occidentales. Representa, por el contrario, una prueba existencial para el sistema internacional y para la conciencia colectiva de la humanidad. Si después de lo ocurrido en Gaza —dos años de genocidio transmitido en tiempo real—, después de los bombardeos a escuelas y hospitales iraníes, después del asesinato de líderes religiosos en sus hogares, la comunidad internacional persiste en su inacción, habremos certificado no solo la muerte del derecho internacional, sino la bancarrota moral de una civilización que se pretendía superior.

La cuestión, en definitiva, no es si Estados Unidos y su "Imperio de Mentiras" serán derrotados. La cuestión es si la humanidad será capaz de construir algo mejor sobre sus ruinas, o si simplemente asistiremos a la sustitución de un orden criminal por otro.

5 mar 2026

El temblor de Asia Occidental

A veces la historia tarda décadas en moverse. Y otras veces todo cambia en cuestión de pocas horas. En un corto espacio de tiempo Irán lanzó una respuesta militar que alteró el equilibrio de toda Asia Occidental. Bases estadounidenses repartidas por el Golfo fueron atacadas, mientras Teherán anunciaba algo que cambia completamente las reglas del juego. A partir de ahora, cualquier activo o interés de Estados Unidos e Israel en la región puede ser considerado un objetivo legítimo.

Por si alguien no había entendido el mensaje, el estrecho de Ormuz quedó temporalmente bloqueado. Es decir, la arteria por la que circula una parte enorme del petróleo mundial.

Un pequeño recordatorio de quién tiene la llave de la puerta energética del planeta. Todo comenzó con un ataque de decapitación contra el liderazgo iraní. Entre los muertos estaba el ayatolá Ali Jamenei, figura central del sistema político iraní, junto con varios altos cargos militares y de seguridad.

Quienes pensaban que aquello provocaría el colapso interno del país se llevaron una sorpresa bastante rápida. El sistema reaccionó en cuestión de minutos.

Los mecanismos de sucesión se activaron casi de inmediato. La cadena de mando se reorganizó. Y en menos de una hora comenzó una respuesta militar masiva.

No fue improvisación. Todo indica que el escenario había sido previsto desde hace años. El liderazgo iraní había preparado planes detallados para garantizar la continuidad del poder incluso en caso de asesinato del líder supremo. En otras palabras, habían pensado en ese día. La respuesta militar también mostró algo interesante. Irán no solo disparó mucho, sino que disparó con lógica estratégica.

Primero llegaron los misiles balísticos para saturar los sistemas de defensa antimisiles. Cuando los interceptores empezaron a agotarse, entonces aparecieron los drones kamikaze. El resultado es una ecuación bastante incómoda para cualquier ejército moderno.

Un interceptor avanzado puede costar decenas de millones de dólares. Un dron que obliga a dispararlo cuesta una fracción de eso. En una guerra larga, esa diferencia pesa más que muchos discursos patrióticos.

Pero la jugada iraní no se limitó a lo militar. También apareció la presión sobre nodos económicos clave del Golfo. Infraestructuras energéticas, centros logísticos y lugares donde la estabilidad es prácticamente el producto que se vende. Porque ciudades como Dubai viven de una promesa muy concreta: lujo, seguridad y dinero circulando sin problemas.

Si esa promesa empieza a agrietarse, el problema ya no es solo militar. Es financiero. Y cuando el dinero se pone nervioso, las llamadas telefónicas suelen llegar bastante rápido.

Mientras tanto, el efecto político del asesinato del líder iraní ha sido el contrario del que muchos imaginaban. En lugar de fragmentación interna, lo que parece haber generado es cohesión y un fuerte consenso nacional para responder.

La situación ahora apunta a algo mucho más largo y complejo que un simple intercambio de ataques. Podría convertirse en una guerra de desgaste. Y ahí entran otros actores que observan con bastante atención desde la sombra. Rusia y China saben perfectamente que cualquier cambio en el equilibrio de Asia Occidental tiene consecuencias globales. Especialmente cuando en medio de todo está el petróleo. Porque si el flujo energético de la región se interrumpe durante demasiado tiempo, el impacto no lo sentirán solo Washington o Teherán. Lo sentirá medio planeta. Por eso estas horas son importantes. No solo por lo que está pasando ahora, sino porque pueden estar marcando el inicio de algo más grande.

Tal vez estemos viendo el comienzo de una transición histórica en la región. Una en la que el dominio militar de Estados Unidos ya no sea tan indiscutible como lo fue durante décadas. Y cuando eso ocurre, el tablero entero empieza a moverse. Aunque solo hayan pasado unos días.

Cada vez tengo más la sensación de que Donald Trump está dejando que su política hacia Irán se deslice peligrosamente hacia la lógica estratégica de Benjamin Netanyahu y del sector más duro del sionismo. Cuando una potencia como Estados Unidos empieza a actuar más por impulso ideológico y alianzas personales que por cálculo geopolítico frío, la historia suele encender todas las alarmas. A veces me viene a la cabeza la figura de Caligula en el Imperio romano, un gobernante que terminó creyendo que su poder era ilimitado mientras se rodeaba de un círculo cada vez más estrecho y menos dispuesto a contradecirle. No digo que la historia se repita, pero sí que rima con frecuencia inquietante. Cuando un líder empieza a confundir fuerza con impunidad y poder con espectáculo, el sistema que lo sostiene empieza a tensarse por dentro. Y la historia, cuando se llega a ese punto, casi nunca ofrece finales tranquilos. 

Caligula acabó asesinado por un complot organizado por oficiales de la Guardia Pretoriana, la unidad encargada precisamente de proteger al emperador. Ahí os lo dejo, señores Trump y Abascal.

26 feb 2026

EL DESORDEN SISTÉMICO (y la transición hacia un mundo poshegemónico).

El sistema internacional atraviesa una fase de transformación estructural que desborda las categorías analíticas tradicionales. No se trata únicamente de una crisis coyuntural, sino de una mutación profunda del orden surgido tras 1945 y consolidado después de 1991. La cuestión central ya no es si el orden liberal internacional se encuentra en declive, sino qué arquitectura lo reemplazará.

Irán se ha convertido en uno de los escenarios donde esta transición se manifiesta con mayor nitidez. Más que un conflicto regional, representa un punto de fricción entre dos concepciones del sistema mundial: la continuidad de la primacía estratégica estadounidense y el avance progresivo de un orden multipolar articulado en torno a nuevas alianzas euroasiáticas.

La instrumentalización de la guerra y la lógica de distracción

En este contexto, la amenaza de confrontación directa —o de guerra por delegación— cumple también funciones de política interna. Históricamente, las grandes potencias han recurrido a la tensión exterior como mecanismo de cohesión doméstica y como vía de escape ante crisis económicas o institucionales. La historia estadounidense muestra cómo los ciclos de expansión militar han coincidido con momentos de fragilidad financiera o polarización interna.

La persistencia de burbujas especulativas en la economía estadounidense y el peso estructural del complejo industrial-militar —extendido a los ámbitos congresual, mediático, académico y de inteligencia— configuran incentivos objetivos para mantener escenarios de confrontación prolongada. El presupuesto de defensa proyectado para los próximos años refuerza esta tendencia.

Sin embargo, una guerra directa contra Irán implicaría riesgos estratégicos elevados: desestabilización energética global, escalada regional y costes políticos internos imprevisibles. Por ello, el escenario más plausible continúa siendo el de presión máxima acompañada de negociaciones intermitentes, más que una invasión abierta.

Ucrania y la persistencia de la guerra por delegación

La guerra en Ucrania constituye otro eje de esta fase de transición. Para Estados Unidos, el conflicto responde a la lógica de contención estratégica de Rusia; para parte de las élites europeas, representa además una reafirmación identitaria atlántica. No obstante, el trasfondo estructural incluye el control de recursos, corredores energéticos y equilibrios de seguridad en Eurasia.

Lejos de debilitar el bloque euroasiático, el conflicto ha acelerado dinámicas alternativas: acuerdos energéticos en monedas distintas al dólar, fortalecimiento de mecanismos financieros paralelos y cooperación militar ampliada entre Rusia, China e Irán.

El factor energético europeo: vulnerabilidad estructural

La Unión Europea enfrenta una transformación energética que redefine su competitividad industrial. La sustitución del gas ruso por gas natural licuado (GNL), en gran medida procedente de Estados Unidos, ha elevado los costes estructurales de producción, afectando especialmente a Alemania, tradicional motor industrial del continente.

Esta reconfiguración no solo tiene implicaciones económicas, sino geopolíticas: consolida una dependencia energética transatlántica en detrimento de la autonomía estratégica europea. La desindustrialización progresiva de sectores intensivos en energía podría alterar de forma duradera el equilibrio económico interno de la UE.

Eurasia y la arquitectura financiera emergente

Mientras tanto, el eje Rusia-India-China (RIC), junto con la ampliación de los BRICS, avanza en la construcción de mecanismos alternativos. Tres vectores resultan clave:

-Diversificación monetaria y expansión gradual del yuan en transacciones energéticas.

-Sistemas de pago alternativos al SWIFT dominado por Occidente.

-Cooperación estratégica en seguridad marítima y logística euroasiática.

El objetivo no es un colapso inmediato del dólar —que sigue siendo la principal moneda de reserva— sino la erosión paulatina de su monopolio estructural.

Estados Unidos frente a China: el eje decisivo

Más allá de Ucrania o Irán, el verdadero centro de gravedad del sistema internacional es la relación entre Estados Unidos y China. Washington define el Indo-Pacífico como prioridad estratégica, vinculando explícitamente su prosperidad económica a su capacidad de proyección en esa región.

Para Pekín, en cambio, la prioridad reside en consolidar su autonomía tecnológica, asegurar corredores comerciales y reforzar la internacionalización del yuan sin provocar una ruptura abrupta que desestabilice el sistema financiero global del que también depende.

La competencia es sistémica, pero no necesariamente militar. Incluye cadenas de suministro, minerales estratégicos, inteligencia artificial, control marítimo y arquitectura financiera.

El trasfondo histórico

La crisis actual puede interpretarse como el agotamiento del paradigma liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial y universalizado tras la caída de la URSS. La tesis del “fin de la Historia” resultó prematura. La Historia no terminó: se desplazó hacia otros centros de poder.

Durante siglos, la tradición filosófica occidental —desde Platón y Aristóteles hasta la Ilustración— articuló la base conceptual del orden europeo. Tras 1945, Estados Unidos asumió el liderazgo sistémico. Tras 1991, lo ejerció sin contrapesos. Hoy, por primera vez en décadas, ese liderazgo encuentra límites estructurales.

Conclusión: una transición sin manual de instrucciones

El mundo no se dirige necesariamente hacia un conflicto total, pero sí hacia una fase de competencia estratégica permanente, fragmentación normativa y reconfiguración de alianzas. Irán, Ucrania y el Indo-Pacífico son escenarios distintos de un mismo proceso: la disputa por la definición del orden internacional del siglo XXI.

La multipolaridad no implica estabilidad automática; tampoco la hegemonía garantiza paz duradera. Lo que define el momento actual es la incertidumbre estructural: un sistema que ya no responde a las reglas del pasado, pero que aún no ha consolidado las del futuro.

En ese espacio de transición, cada crisis regional adquiere dimensión sistémica. Y cada decisión estratégica tiene consecuencias que trascienden fronteras.

26 ago 2025

El espejismo democrático y la tragicomedia de los partidos

Las democracias liberales han vendido durante décadas una ilusión bastante rentable. El ciudadano deposita un papel en una urna y, mágicamente, se convierte en soberano. El ritual es solemne, con cabinas discretas, urnas transparentes y un escrutinio que recuerda a una ceremonia religiosa. El problema es que, una vez pasada la liturgia, el poder regresa a sus verdaderos dueños, que no son precisamente los vecinos de la escalera.

Los partidos políticos cumplen aquí la función de prestidigitadores. Agitan las manos, discuten entre ellos, se insultan con pasión y nos convencen de que algo está en juego. En realidad se parecen más a una troupe circense que a representantes del pueblo. Eso sí, en lugar de payasos con nariz roja tenemos líderes con traje y corbata, que cumplen con igual eficacia la misión de entretener.

El efecto principal de los partidos es dividir. No la división creativa que surge de la pluralidad de ideas, sino la división estéril de las trincheras. Cada ciudadano termina reducido a una etiqueta. “Eres de los míos o de los otros”. Y como en toda buena pelea de taberna, la cuestión ya no es quién tiene razón, sino quién grita más fuerte. Entre tanto, las élites económicas observan la escena con calma, como quien mira un partido de tenis desde el palco vip, sabiendo que, gane quien gane, ellas siempre conservan la raqueta, la pista y la pelota.

Conviene recordar que en el ADN mismo de la palabra partido habita la fractura. No existe para unir, sino para partir, para fragmentar, para marcar un “nosotros” y un “ellos”. No es casualidad, es la esencia misma de la institución. Quien espere unidad de un partido pide peras al olmo.

Lo curioso es que esta fragmentación permanente se nos presenta como virtud democrática. Nos dicen que la competencia entre partidos garantiza libertad y equilibrio. En realidad garantiza parálisis y enfrentamiento continuo. El ciudadano, atrapado en la rueda, se convence de que la próxima elección lo cambiará todo. Cada cuatro años se reinicia la esperanza, como quien vuelve con su ex pensando que esta vez sí ha cambiado. Y cada cuatro años llega la decepción, acompañada de la inevitable frase “esta vez sí que me engañaron”.

La existencia misma de partidos asegura que el poder real permanezca intocable. Las corporaciones, los bancos, los grandes inversores no necesitan partidos para coordinarse. Están perfectamente unidos por un interés común, mientras el pueblo se desangra en guerras culturales, debates televisivos y eternas discusiones sobre ideologías que raramente se traducen en transformaciones concretas. Si esto fuera un chiste, sería el de “dos pobres discutiendo sobre quién debe pagar la cuenta mientras el rico se lleva la caja registradora”.

Por todo ello, la crítica radical a los partidos no se resuelve inventando uno nuevo con apariencia más fresca o con un marketing menos rancio. La solución pasa por cuestionar la institución misma. El pueblo no necesita delegar en intermediarios profesionales que convierten la política en negocio propio. Lo que necesita es recuperar su capacidad de decisión directa, articular consensos sin siglas ni jerarquías, organizarse de manera que el disenso no sea motivo de guerra civil simbólica, sino materia prima para acuerdos comunitarios.

La abolición de los partidos no implica silenciar voces, sino lo contrario, multiplicarlas sin que nadie pueda monopolizarlas. Implica dejar de jugar a la tragicomedia de elegir al administrador temporal del mismo sistema y empezar a ejercer un poder que no se pueda reducir a urnas ni a discursos prefabricados. Significa, en definitiva, dejar de pelear en el barro mientras los verdaderos dueños del circo cuentan las monedas de la taquilla.

En realidad, la sospecha sobre los partidos no es nueva. Ya en el Contrato Social, Rousseau advertía de que “en el momento en que hay facciones parciales, la voluntad general deja de ser tal”. El propio Madison, uno de los padres de la Constitución estadounidense, temía a las “facciones” y diseñó un sistema para contenerlas, aunque terminó siendo un parque temático para ellas. Y en tiempos más cercanos, Cornelius Castoriadis recordó que los partidos son, en esencia, “aparatos de poder burocrático” cuya misión no es representar, sino domesticar a la ciudadanía. Bakunin fue aún más claro al denunciar que cualquier partido que accede al poder, incluso con las mejores intenciones, termina por convertirse en una nueva forma de tiranía. Kropotkin, por su parte, defendió que la cooperación y el apoyo mutuo eran las verdaderas bases de una sociedad libre, y no la competencia organizada en siglas. Y Simone Weil, en su célebre “Nota sobre la supresión general de los partidos políticos”, fue todavía más lejos: afirmó que la mera existencia de partidos constituye un mecanismo de opresión intelectual y moral, y que su eliminación era condición indispensable para recuperar la verdad y la justicia en la vida pública. La historia no deja de repetirse, solo cambia el logo y el color de las banderitas.

Quizá el camino pase por lo que nunca nos recomiendan los noticiarios ni los tertulianos. Organizarse desde abajo, escucharse sin miedo a disentir, buscar consensos sin manual de instrucciones partidista. Puede que no sea fácil, puede que incluso resulte caótico, pero al menos sería nuestro caos y no el orden prestado de quienes viven de dividirnos. Y quién sabe, tal vez el día que el pueblo deje de votar a sus domadores y decida montar su propio circo, descubramos que no necesitamos jaulas ni látigos para convivir, sino la voluntad de reírnos juntos, inventar nuestras propias reglas y disfrutar del espectáculo. Porque si la política es un show, al menos que el guión lo escribamos nosotros, que los malabares sean colectivos, y que la risa y la creatividad sean nuestra arma secreta para cambiarlo todo.

Alex Corrons.