7 mar 2026

LA OFENSIVA CONTRA IRÁN Y EL OCASO DEL IMPERIO

La escalada militar desatada contra Irán durante la última semana no constituye un mero conflicto bilateral, sino un punto de inflexión en las relaciones internacionales cuyas repercusiones redefinirán el orden global durante las próximas décadas. Lo que presenciamos no es un "conflicto localizado" —como eufemísticamente lo calificarían los comunicados oficiales— sino la extensión natural de un modus operandi imperial que, habiendo agotado su repertorio en Gaza, busca nuevos escenarios donde representar su ya gastada obra de "guerra humanitaria" y "defensa preventiva".

Los bombardeos sobre Teherán, Isfahán y otras ciudades iraníes verificados desde el 28 de febrero presentan características que trascienden lo militar para adentrarse en lo que el derecho internacional tipifica sin ambages como crímenes de guerra. El jurista Alfred de Zayas, en un análisis que debería quemar las manos de cualquier funcionario de Naciones Unidas con mínima integridad profesional, ha documentado violaciones sistemáticas de la Carta de Naciones Unidas (artículo 2.4, prohibición del uso de la fuerza), los Convenios de Ginebra (protección de civiles y bienes de carácter civil) y el Estatuto de Roma (crímenes de agresión y contra la humanidad).

Resulta casi cómico —si no fuera trágico— observar cómo los mismos actores que firmaron estos instrumentos jurídicos los convierten en papel mojado con la naturalidad de quien utiliza un paraguas roto. La comunidad internacional asiste, una vez más, al espectáculo de ver cómo el derecho internacional se aplica con el mismo rigor selectivo que la justicia en una república bananera.

Los ataques contra infraestructura educativa —particularmente la escuela primaria bombardeada el primer día, con 165 niñas asesinadas— no constituyen "daños colaterales" sino mensajes codificados en un lenguaje que Washington domina a la perfección, el de la disuasión mediante el terror. Cuando se destruyen sistemáticamente hospitales, barrios residenciales y centros educativos, no se está "degradando capacidades militares", se está comunicando a la población que ningún lugar es seguro, que la distinción entre combatiente y civil es un concepto tan obsoleto como el derecho internacional que pretendía protegerlo.

La destrucción de la residencia del ayatolá Jamenei, con el asesinato del líder espiritual y su familia, representa una escalada cualitativa, el asesinato selectivo de liderazgos religiosos no es mera táctica militar, sino un acto con profundas implicaciones simbólicas que solo puede entenderse desde una lógica de cruzada.

Las declaraciones de Donald Trump —ese fenómeno político que algunos analistas persisten en llamar "presidente" cuando términos como "capo mafioso o terrorista con acceso a códigos nucleares" resultarían más precisos— revelan una concepción teocrática del poder que resultaría pintoresca si no estuviera respaldada por el mayor arsenal de la historia. Afirmar que se actúa como “designado por Dios” y rezar en la Casablanca, con una imagen que parece replicar la Última Cena, rodeado de sus “apóstoles”, mientras se bombardea a niñas en escuelas constituye un ejercicio de disonancia cognitiva que solo puede sostenerse desde una fe inquebrantable en la propia impunidad.

El Secretario de Defensa, Pete Hegseth —cuyo perfil psicológico merecería un estudio clínico aparte—, ha manifestado un entusiasmo beligerante que recuerda a esos personajes de la historia universal que solemos estudiar con la seguridad de que "eso no volverá a ocurrir".

El alineamiento automático de líderes europeos —como el británico Starmer, el francés Macron o el alemán Merz— con la agresión estadounidense constituye uno de los espectáculos más patéticos de la geopolítica contemporánea. Estos mandatarios, que gustan de presentarse como defensores del multilateralismo y el orden internacional basado en reglas, actúan en la práctica como notarios de una política que dinamita precisamente esas reglas.

Su complicidad no es pasiva, es activa, logística, diplomática y, llegado el caso, militar. La pregunta que deberían formularse los ciudadanos europeos es ¿hasta cuándo seguirán pagando los costos —económicos, migratorios, de seguridad— de una subordinación que ni siquiera les reporta beneficios tangibles?

Paradójicamente —y aquí reside el interés analítico del momento—, esta exhibición de fuerza delata una debilidad estructural que los manuales de estrategia militar identifican como "sobrextensión imperial". Estados Unidos y sus aliados han desplegado tal volumen de recursos en Ucrania, el Pacífico y ahora Oriente Próximo, que su capacidad para sostener múltiples frentes simultáneos encuentra límites materiales insostenibles.

Irán, consciente de esta dinámica, ha diseñado durante décadas una estrategia de guerra asimétrica y desgaste progresivo que comienza a mostrar resultados. La economía estadounidense, con niveles de deuda que harían palidecer a un apostador compulsivo, difícilmente podría sostener un conflicto prolongado de alta intensidad sin consecuencias sistémicas.

Nos encontramos, posiblemente, ante un "momento constituyente" del orden global. La pregunta no es si el sistema unipolar occidental sobrevivirá, sino qué forma adoptará su transformación y qué costos humanos implicará el proceso.

Los líderes occidentales, atrapados en su propia retórica excepcionalista y en fantasmagorías teológicas que mezclan el sionismo mesiánico con el evangelismo apocalíptico, parecen incapaces de leer las señales que el sistema internacional les envía. Actúan como esos personajes de tragedia griega que, ciegos a su destino, caminan resueltamente hacia el abismo mientras declaman su propia invulnerabilidad.

La agresión contra Irán no constituye un episodio más en la larga lista de intervenciones occidentales. Representa, por el contrario, una prueba existencial para el sistema internacional y para la conciencia colectiva de la humanidad. Si después de lo ocurrido en Gaza —dos años de genocidio transmitido en tiempo real—, después de los bombardeos a escuelas y hospitales iraníes, después del asesinato de líderes religiosos en sus hogares, la comunidad internacional persiste en su inacción, habremos certificado no solo la muerte del derecho internacional, sino la bancarrota moral de una civilización que se pretendía superior.

La cuestión, en definitiva, no es si Estados Unidos y su "Imperio de Mentiras" serán derrotados. La cuestión es si la humanidad será capaz de construir algo mejor sobre sus ruinas, o si simplemente asistiremos a la sustitución de un orden criminal por otro.

5 mar 2026

El temblor de Asia Occidental

A veces la historia tarda décadas en moverse. Y otras veces todo cambia en cuestión de pocas horas. En un corto espacio de tiempo Irán lanzó una respuesta militar que alteró el equilibrio de toda Asia Occidental. Bases estadounidenses repartidas por el Golfo fueron atacadas, mientras Teherán anunciaba algo que cambia completamente las reglas del juego. A partir de ahora, cualquier activo o interés de Estados Unidos e Israel en la región puede ser considerado un objetivo legítimo.

Por si alguien no había entendido el mensaje, el estrecho de Ormuz quedó temporalmente bloqueado. Es decir, la arteria por la que circula una parte enorme del petróleo mundial.

Un pequeño recordatorio de quién tiene la llave de la puerta energética del planeta. Todo comenzó con un ataque de decapitación contra el liderazgo iraní. Entre los muertos estaba el ayatolá Ali Jamenei, figura central del sistema político iraní, junto con varios altos cargos militares y de seguridad.

Quienes pensaban que aquello provocaría el colapso interno del país se llevaron una sorpresa bastante rápida. El sistema reaccionó en cuestión de minutos.

Los mecanismos de sucesión se activaron casi de inmediato. La cadena de mando se reorganizó. Y en menos de una hora comenzó una respuesta militar masiva.

No fue improvisación. Todo indica que el escenario había sido previsto desde hace años. El liderazgo iraní había preparado planes detallados para garantizar la continuidad del poder incluso en caso de asesinato del líder supremo. En otras palabras, habían pensado en ese día. La respuesta militar también mostró algo interesante. Irán no solo disparó mucho, sino que disparó con lógica estratégica.

Primero llegaron los misiles balísticos para saturar los sistemas de defensa antimisiles. Cuando los interceptores empezaron a agotarse, entonces aparecieron los drones kamikaze. El resultado es una ecuación bastante incómoda para cualquier ejército moderno.

Un interceptor avanzado puede costar decenas de millones de dólares. Un dron que obliga a dispararlo cuesta una fracción de eso. En una guerra larga, esa diferencia pesa más que muchos discursos patrióticos.

Pero la jugada iraní no se limitó a lo militar. También apareció la presión sobre nodos económicos clave del Golfo. Infraestructuras energéticas, centros logísticos y lugares donde la estabilidad es prácticamente el producto que se vende. Porque ciudades como Dubai viven de una promesa muy concreta: lujo, seguridad y dinero circulando sin problemas.

Si esa promesa empieza a agrietarse, el problema ya no es solo militar. Es financiero. Y cuando el dinero se pone nervioso, las llamadas telefónicas suelen llegar bastante rápido.

Mientras tanto, el efecto político del asesinato del líder iraní ha sido el contrario del que muchos imaginaban. En lugar de fragmentación interna, lo que parece haber generado es cohesión y un fuerte consenso nacional para responder.

La situación ahora apunta a algo mucho más largo y complejo que un simple intercambio de ataques. Podría convertirse en una guerra de desgaste. Y ahí entran otros actores que observan con bastante atención desde la sombra. Rusia y China saben perfectamente que cualquier cambio en el equilibrio de Asia Occidental tiene consecuencias globales. Especialmente cuando en medio de todo está el petróleo. Porque si el flujo energético de la región se interrumpe durante demasiado tiempo, el impacto no lo sentirán solo Washington o Teherán. Lo sentirá medio planeta. Por eso estas horas son importantes. No solo por lo que está pasando ahora, sino porque pueden estar marcando el inicio de algo más grande.

Tal vez estemos viendo el comienzo de una transición histórica en la región. Una en la que el dominio militar de Estados Unidos ya no sea tan indiscutible como lo fue durante décadas. Y cuando eso ocurre, el tablero entero empieza a moverse. Aunque solo hayan pasado unos días.

Cada vez tengo más la sensación de que Donald Trump está dejando que su política hacia Irán se deslice peligrosamente hacia la lógica estratégica de Benjamin Netanyahu y del sector más duro del sionismo. Cuando una potencia como Estados Unidos empieza a actuar más por impulso ideológico y alianzas personales que por cálculo geopolítico frío, la historia suele encender todas las alarmas. A veces me viene a la cabeza la figura de Caligula en el Imperio romano, un gobernante que terminó creyendo que su poder era ilimitado mientras se rodeaba de un círculo cada vez más estrecho y menos dispuesto a contradecirle. No digo que la historia se repita, pero sí que rima con frecuencia inquietante. Cuando un líder empieza a confundir fuerza con impunidad y poder con espectáculo, el sistema que lo sostiene empieza a tensarse por dentro. Y la historia, cuando se llega a ese punto, casi nunca ofrece finales tranquilos. 

Caligula acabó asesinado por un complot organizado por oficiales de la Guardia Pretoriana, la unidad encargada precisamente de proteger al emperador. Ahí os lo dejo, señores Trump y Abascal.

26 feb 2026

EL DESORDEN SISTÉMICO (y la transición hacia un mundo poshegemónico).

El sistema internacional atraviesa una fase de transformación estructural que desborda las categorías analíticas tradicionales. No se trata únicamente de una crisis coyuntural, sino de una mutación profunda del orden surgido tras 1945 y consolidado después de 1991. La cuestión central ya no es si el orden liberal internacional se encuentra en declive, sino qué arquitectura lo reemplazará.

Irán se ha convertido en uno de los escenarios donde esta transición se manifiesta con mayor nitidez. Más que un conflicto regional, representa un punto de fricción entre dos concepciones del sistema mundial: la continuidad de la primacía estratégica estadounidense y el avance progresivo de un orden multipolar articulado en torno a nuevas alianzas euroasiáticas.

La instrumentalización de la guerra y la lógica de distracción

En este contexto, la amenaza de confrontación directa —o de guerra por delegación— cumple también funciones de política interna. Históricamente, las grandes potencias han recurrido a la tensión exterior como mecanismo de cohesión doméstica y como vía de escape ante crisis económicas o institucionales. La historia estadounidense muestra cómo los ciclos de expansión militar han coincidido con momentos de fragilidad financiera o polarización interna.

La persistencia de burbujas especulativas en la economía estadounidense y el peso estructural del complejo industrial-militar —extendido a los ámbitos congresual, mediático, académico y de inteligencia— configuran incentivos objetivos para mantener escenarios de confrontación prolongada. El presupuesto de defensa proyectado para los próximos años refuerza esta tendencia.

Sin embargo, una guerra directa contra Irán implicaría riesgos estratégicos elevados: desestabilización energética global, escalada regional y costes políticos internos imprevisibles. Por ello, el escenario más plausible continúa siendo el de presión máxima acompañada de negociaciones intermitentes, más que una invasión abierta.

Ucrania y la persistencia de la guerra por delegación

La guerra en Ucrania constituye otro eje de esta fase de transición. Para Estados Unidos, el conflicto responde a la lógica de contención estratégica de Rusia; para parte de las élites europeas, representa además una reafirmación identitaria atlántica. No obstante, el trasfondo estructural incluye el control de recursos, corredores energéticos y equilibrios de seguridad en Eurasia.

Lejos de debilitar el bloque euroasiático, el conflicto ha acelerado dinámicas alternativas: acuerdos energéticos en monedas distintas al dólar, fortalecimiento de mecanismos financieros paralelos y cooperación militar ampliada entre Rusia, China e Irán.

El factor energético europeo: vulnerabilidad estructural

La Unión Europea enfrenta una transformación energética que redefine su competitividad industrial. La sustitución del gas ruso por gas natural licuado (GNL), en gran medida procedente de Estados Unidos, ha elevado los costes estructurales de producción, afectando especialmente a Alemania, tradicional motor industrial del continente.

Esta reconfiguración no solo tiene implicaciones económicas, sino geopolíticas: consolida una dependencia energética transatlántica en detrimento de la autonomía estratégica europea. La desindustrialización progresiva de sectores intensivos en energía podría alterar de forma duradera el equilibrio económico interno de la UE.

Eurasia y la arquitectura financiera emergente

Mientras tanto, el eje Rusia-India-China (RIC), junto con la ampliación de los BRICS, avanza en la construcción de mecanismos alternativos. Tres vectores resultan clave:

-Diversificación monetaria y expansión gradual del yuan en transacciones energéticas.

-Sistemas de pago alternativos al SWIFT dominado por Occidente.

-Cooperación estratégica en seguridad marítima y logística euroasiática.

El objetivo no es un colapso inmediato del dólar —que sigue siendo la principal moneda de reserva— sino la erosión paulatina de su monopolio estructural.

Estados Unidos frente a China: el eje decisivo

Más allá de Ucrania o Irán, el verdadero centro de gravedad del sistema internacional es la relación entre Estados Unidos y China. Washington define el Indo-Pacífico como prioridad estratégica, vinculando explícitamente su prosperidad económica a su capacidad de proyección en esa región.

Para Pekín, en cambio, la prioridad reside en consolidar su autonomía tecnológica, asegurar corredores comerciales y reforzar la internacionalización del yuan sin provocar una ruptura abrupta que desestabilice el sistema financiero global del que también depende.

La competencia es sistémica, pero no necesariamente militar. Incluye cadenas de suministro, minerales estratégicos, inteligencia artificial, control marítimo y arquitectura financiera.

El trasfondo histórico

La crisis actual puede interpretarse como el agotamiento del paradigma liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial y universalizado tras la caída de la URSS. La tesis del “fin de la Historia” resultó prematura. La Historia no terminó: se desplazó hacia otros centros de poder.

Durante siglos, la tradición filosófica occidental —desde Platón y Aristóteles hasta la Ilustración— articuló la base conceptual del orden europeo. Tras 1945, Estados Unidos asumió el liderazgo sistémico. Tras 1991, lo ejerció sin contrapesos. Hoy, por primera vez en décadas, ese liderazgo encuentra límites estructurales.

Conclusión: una transición sin manual de instrucciones

El mundo no se dirige necesariamente hacia un conflicto total, pero sí hacia una fase de competencia estratégica permanente, fragmentación normativa y reconfiguración de alianzas. Irán, Ucrania y el Indo-Pacífico son escenarios distintos de un mismo proceso: la disputa por la definición del orden internacional del siglo XXI.

La multipolaridad no implica estabilidad automática; tampoco la hegemonía garantiza paz duradera. Lo que define el momento actual es la incertidumbre estructural: un sistema que ya no responde a las reglas del pasado, pero que aún no ha consolidado las del futuro.

En ese espacio de transición, cada crisis regional adquiere dimensión sistémica. Y cada decisión estratégica tiene consecuencias que trascienden fronteras.

26 ago 2025

El espejismo democrático y la tragicomedia de los partidos

Las democracias liberales han vendido durante décadas una ilusión bastante rentable. El ciudadano deposita un papel en una urna y, mágicamente, se convierte en soberano. El ritual es solemne, con cabinas discretas, urnas transparentes y un escrutinio que recuerda a una ceremonia religiosa. El problema es que, una vez pasada la liturgia, el poder regresa a sus verdaderos dueños, que no son precisamente los vecinos de la escalera.

Los partidos políticos cumplen aquí la función de prestidigitadores. Agitan las manos, discuten entre ellos, se insultan con pasión y nos convencen de que algo está en juego. En realidad se parecen más a una troupe circense que a representantes del pueblo. Eso sí, en lugar de payasos con nariz roja tenemos líderes con traje y corbata, que cumplen con igual eficacia la misión de entretener.

El efecto principal de los partidos es dividir. No la división creativa que surge de la pluralidad de ideas, sino la división estéril de las trincheras. Cada ciudadano termina reducido a una etiqueta. “Eres de los míos o de los otros”. Y como en toda buena pelea de taberna, la cuestión ya no es quién tiene razón, sino quién grita más fuerte. Entre tanto, las élites económicas observan la escena con calma, como quien mira un partido de tenis desde el palco vip, sabiendo que, gane quien gane, ellas siempre conservan la raqueta, la pista y la pelota.

Conviene recordar que en el ADN mismo de la palabra partido habita la fractura. No existe para unir, sino para partir, para fragmentar, para marcar un “nosotros” y un “ellos”. No es casualidad, es la esencia misma de la institución. Quien espere unidad de un partido pide peras al olmo.

Lo curioso es que esta fragmentación permanente se nos presenta como virtud democrática. Nos dicen que la competencia entre partidos garantiza libertad y equilibrio. En realidad garantiza parálisis y enfrentamiento continuo. El ciudadano, atrapado en la rueda, se convence de que la próxima elección lo cambiará todo. Cada cuatro años se reinicia la esperanza, como quien vuelve con su ex pensando que esta vez sí ha cambiado. Y cada cuatro años llega la decepción, acompañada de la inevitable frase “esta vez sí que me engañaron”.

La existencia misma de partidos asegura que el poder real permanezca intocable. Las corporaciones, los bancos, los grandes inversores no necesitan partidos para coordinarse. Están perfectamente unidos por un interés común, mientras el pueblo se desangra en guerras culturales, debates televisivos y eternas discusiones sobre ideologías que raramente se traducen en transformaciones concretas. Si esto fuera un chiste, sería el de “dos pobres discutiendo sobre quién debe pagar la cuenta mientras el rico se lleva la caja registradora”.

Por todo ello, la crítica radical a los partidos no se resuelve inventando uno nuevo con apariencia más fresca o con un marketing menos rancio. La solución pasa por cuestionar la institución misma. El pueblo no necesita delegar en intermediarios profesionales que convierten la política en negocio propio. Lo que necesita es recuperar su capacidad de decisión directa, articular consensos sin siglas ni jerarquías, organizarse de manera que el disenso no sea motivo de guerra civil simbólica, sino materia prima para acuerdos comunitarios.

La abolición de los partidos no implica silenciar voces, sino lo contrario, multiplicarlas sin que nadie pueda monopolizarlas. Implica dejar de jugar a la tragicomedia de elegir al administrador temporal del mismo sistema y empezar a ejercer un poder que no se pueda reducir a urnas ni a discursos prefabricados. Significa, en definitiva, dejar de pelear en el barro mientras los verdaderos dueños del circo cuentan las monedas de la taquilla.

En realidad, la sospecha sobre los partidos no es nueva. Ya en el Contrato Social, Rousseau advertía de que “en el momento en que hay facciones parciales, la voluntad general deja de ser tal”. El propio Madison, uno de los padres de la Constitución estadounidense, temía a las “facciones” y diseñó un sistema para contenerlas, aunque terminó siendo un parque temático para ellas. Y en tiempos más cercanos, Cornelius Castoriadis recordó que los partidos son, en esencia, “aparatos de poder burocrático” cuya misión no es representar, sino domesticar a la ciudadanía. Bakunin fue aún más claro al denunciar que cualquier partido que accede al poder, incluso con las mejores intenciones, termina por convertirse en una nueva forma de tiranía. Kropotkin, por su parte, defendió que la cooperación y el apoyo mutuo eran las verdaderas bases de una sociedad libre, y no la competencia organizada en siglas. Y Simone Weil, en su célebre “Nota sobre la supresión general de los partidos políticos”, fue todavía más lejos: afirmó que la mera existencia de partidos constituye un mecanismo de opresión intelectual y moral, y que su eliminación era condición indispensable para recuperar la verdad y la justicia en la vida pública. La historia no deja de repetirse, solo cambia el logo y el color de las banderitas.

Quizá el camino pase por lo que nunca nos recomiendan los noticiarios ni los tertulianos. Organizarse desde abajo, escucharse sin miedo a disentir, buscar consensos sin manual de instrucciones partidista. Puede que no sea fácil, puede que incluso resulte caótico, pero al menos sería nuestro caos y no el orden prestado de quienes viven de dividirnos. Y quién sabe, tal vez el día que el pueblo deje de votar a sus domadores y decida montar su propio circo, descubramos que no necesitamos jaulas ni látigos para convivir, sino la voluntad de reírnos juntos, inventar nuestras propias reglas y disfrutar del espectáculo. Porque si la política es un show, al menos que el guión lo escribamos nosotros, que los malabares sean colectivos, y que la risa y la creatividad sean nuestra arma secreta para cambiarlo todo.

Alex Corrons.

22 ago 2025

Del fuego a la inteligencia artificial

Los seres humanos llevamos miles de años inventando cosas para hacernos la vida más fácil y, paradójicamente, para complicárnosla todavía más. Descubrimos el fuego para cocinar y calentarnos, y al minuto siguiente lo estábamos usando para incendiar la cabaña del vecino. La historia de la tecnología siempre fue la misma, una herramienta liberadora que enseguida alguien convierte en arma de poder.

El fuego fue nuestra primera red social. Allí nos reuníamos a contar historias, exagerar cacerías y discutir sobre quién se había comido más mamut de la cuenta. Era nuestro Facebook primitivo, aunque con menos fotos de gatos y más humo en los ojos. Hoy la hoguera cabe en el bolsillo y se llama móvil. Sirve para lo mismo, compartir relatos, ligar un poco, exhibir estatus. La diferencia es que, en lugar de temer al tigre, tememos quedarnos sin batería justo antes de recibir un match en Tinder. Pero el trasfondo es idéntico, la tecnología como escenario de reconocimiento social y de competencia simbólica.

La escritura llegó después y nos permitió librarnos de repetir las cosas como loros. Fue un alivio, aunque también el principio de los impuestos bien documentados y de las primeras burocracias que empezaron a controlar la vida cotidiana. Lo que parecía un instrumento de memoria se transformó en una herramienta de poder, lo escrito no solo guardaba recuerdos, también legitimaba jerarquías. Hoy seguimos externalizando funciones humanas a las máquinas, con la diferencia de que ahora confiamos en un GPS que puede mandarnos a un barranco, o en Google para zanjar discusiones que antes exigían argumentos. El saber dejó de ser diálogo y pasó a ser dependencia de servidores en Silicon Valley, y lo que antes era conocimiento compartido ahora se convierte en negocio privado.

La imprenta fue el gran megáfono de la Edad Moderna. Permitió que circularan ideas revolucionarias, pero también panfletos que justificaban guerras. La democracia de la información nació ahí, con sus luces y sus desastres. Internet no ha hecho más que repetir la jugada pero con esteroides. Cualquiera puede opinar y de hecho lo hace, aunque a veces uno desearía que se lo pensaran dos veces. La imprenta multiplicó voces, internet las amplifica con eco infinito. Y, si antes los vecinos se mataban por la Biblia, ahora se insultan por un comentario en X. El progreso, de la guerra de religión a la guerra de memes, mientras las grandes plataformas convierten esa confrontación en un negocio redondo.

La revolución industrial fue otra vuelta de tuerca. Millones de campesinos abandonaron los campos para encadenarse a las fábricas. La vida ya no la marcaba el sol, sino el reloj y el silbato del capataz. Hoy la película es la misma, solo que el capataz lleva smartphone y te manda whatsapps en domingo. Robots que montan coches, algoritmos que deciden créditos, cámaras que te vigilan mientras trabajas. El proletariado de Marx ahora teletrabaja en pijama, pero sigue siendo proletariado. La plusvalía se mide en gigas, en horas extra disfrazadas de “trabajo flexible” y en datos que regalamos alegremente a corporaciones que saben más de nosotros que nuestra propia familia. El capital ya no solo explota nuestra fuerza de trabajo, también nuestra atención, nuestras emociones y hasta nuestros vínculos sociales.

Y en medio de todo esto, los humanos de a pie empezamos a parecernos cada vez más a nuestros perfiles digitales que a nosotros mismos. Somos el LinkedIn serio y competitivo, el Instagram con filtro, el X indignado y, cómo no, el Tinder esperanzado. Lo curioso es que hay quien ya dedica más tiempo a retocar su foto de perfil que a hablar con seres humanos de verdad. El yo digital coloniza al yo real y nuestras vidas se convierten en un mercado de imágenes que, por supuesto, alguien monetiza.

La cuestión es que la tecnología no solo cambia cómo trabajamos o nos comunicamos, cambia cómo percibimos el tiempo, el espacio y hasta lo que creemos que somos. Antes esperar una carta era normal, hoy si tardas diez minutos en contestar un WhatsApp pareces sospechoso de desaparición. Antes tu comunidad era tu barrio, ahora puede ser un gamer filipino con el que juegas cada noche. Antes tus datos los manejaba el censo municipal, hoy Google sabe cuántas veces cambiaste de cepillo de dientes. La frontera entre lo íntimo y lo público se derrumba y con ella la idea misma de autonomía. Y en esa grieta aparece la política, aunque muchos quieran verla como un decorado. Porque cada decisión tecnológica que parece neutra en realidad define quién acumula poder y quién queda subordinado.

La historia ya nos dio varias lecciones y nunca las aprendimos. El fuego nos salvó y nos quemó. La imprenta iluminó y adoctrinó. La máquina de vapor dio prosperidad y miseria a partes iguales. La moraleja es siempre la misma, ninguna tecnología es inocente. Lo decisivo no es el invento, sino quién lo controla. Y lo siento, pero rara vez somos nosotros, suelen ser Estados, élites económicas o corporaciones transnacionales que convierten cada avance en un mecanismo de control.

La pregunta incómoda es qué significa ser humano en medio de este festival de pantallas y algoritmos. Tal vez ya no sea tanto producir o recordar, sino algo más básico, saber desconectar a tiempo. Apagar el móvil antes de dormir, reírnos de nuestras contradicciones, dar un abrazo de verdad, no virtual. Porque mientras corremos detrás del último gadget, olvidamos que lo único que nunca podrán programar por nosotros es la capacidad de crear vínculos auténticos.

El futuro puede ser luminoso, una nueva era de creatividad, o un eterno scroll infinito de anuncios personalizados. Lo único seguro es que, dentro de unos siglos, alguien dirá que fuimos una especie fascinante, capaces de inventar máquinas que pensaban y soñaban, pero incapaces de no mirar el móvil cuando alguien nos hablaba cara a cara. Eso, y que por algún motivo inexplicable, seguíamos olvidando cargar la batería justo la noche en que teníamos una cita prometedora en Tinder.

Y quizá, si queremos que la historia no se repita siempre como farsa, tengamos que asumir que la tecnología no es un destino inevitable, sino un campo de disputa política. O la usamos para democratizar el conocimiento, redistribuir la riqueza y ampliar la libertad, o seguiremos entregando nuestras vidas al próximo amo digital disfrazado de innovación. Lo que está en juego no es solo el futuro de las máquinas, sino el futuro de lo humano.

Alex Corrons.

16 ago 2025

Por qué la izquierda siempre tiene razón y nadie quiere invitarla a las fiestas

La política tiene sus ironías. Una de ellas es que la izquierda, en muchas ocasiones, acierta en todo lo que dice, pero falla estrepitosamente en cómo lo dice. Advierte de la desigualdad, de la catástrofe climática, de la precariedad laboral, de las injusticias y de los abusos del poder. Y lo hace con tanta insistencia que uno sale de escuchar un mitin con la sensación de necesitar un abrazo… o un ansiolítico. La paradoja es que, siendo la que más razón tiene en sus diagnósticos, acaba pareciendo la menos atractiva.

El capitalismo, en cambio, es un maestro del ilusionismo. Te promete que todos podemos ser ricos, que basta con madrugar mucho, visualizar un coche deportivo y sonreír al espejo. Es como ese amigo que siempre tiene un plan para hacerse millonario con criptomonedas, NFTs o aguacates ecológicos. Sabes que es humo, pero lo cuenta con tanta convicción que por un momento casi le crees. Gustave Le Bon ya lo vio claro en Psicología de las masas: lo que arrastra no son los datos, sino las imágenes simples y seductoras. Y de imágenes seductoras el capitalismo sabe tanto como Netflix lanzando una nueva serie.

La izquierda, en cambio, tiende a ser la voz ceniza en la boda. La que recuerda que el champán es barato, que el traje del novio está arrugado y que además se avecina tormenta. Todo cierto, pero nadie quiere bailar con quien se pasa la noche recordándote que todo acabará mal. Antonio Gramsci lo dijo con más elegancia: hay que combinar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. El problema es que demasiadas veces nos quedamos solo con lo primero, y terminamos siendo el equivalente político de un aguacate pocho.

La psicología social confirma lo que la intuición nos dice. Martin Seligman demostró con sus experimentos sobre la indefensión aprendida que cuando las personas creen que nada de lo que hagan puede cambiar las cosas, acaban tirando la toalla. Si los movimientos sociales repiten una y otra vez que el sistema es invencible, que todo esfuerzo será inútil, no están movilizando a la gente, están deprimiéndola. Y nadie se levanta un lunes con ganas de sumarse a un proyecto deprimente.

Mientras tanto, el capitalismo sigue desplegando un relato épico de superación personal. “Si quieres, puedes”, “sé tu mejor versión”, “nunca te rindas”. Es mentira, claro, pero al menos suena bien. La izquierda, en cambio, ofrece un catálogo de prohibiciones y advertencias. En el mercado de las ideas, uno vende Ferrari y el otro vende austeridad energética. Adivinen qué se lleva más aplausos.

El resultado es una asimetría narrativa. El capitalismo miente, pero enamora. La izquierda dice la verdad, pero aburre. Y en política, como en Tinder, no gana quien tiene el perfil más sincero, sino quien sabe seducir con una buena foto y una frase ingeniosa.

Aquí conviene recuperar a Ernst Bloch y su Principio esperanza. Decía que las sociedades solo avanzan cuando imaginan futuros mejores. Si la izquierda renuncia a esa capacidad de soñar, lo único que ofrece es una conciencia lúgubre. Y ya tenemos suficiente con la factura de la luz como para que encima nos quiten la esperanza.

El desafío es enorme, pero no imposible. Se trata de aprender a narrar el cambio como algo deseable, emocionante y hasta divertido. No basta con señalar injusticias, hay que invitar a la gente a imaginarse viviendo mejor. Y sí, incluso a reírse en el proceso. Porque, como decía Oscar Wilde, un mapa del mundo sin utopía no merece ni siquiera ser mirado.

Tal vez el reto de la izquierda consista en convertirse en algo más que la Pepito Grillo de la política. Necesita ser también el amigo optimista que no solo te avisa de los problemas, sino que te convence de que vale la pena afrontarlos porque el resultado será una vida mejor. Que la crítica vaya acompañada de fiesta, que la denuncia tenga música de fondo, que la alternativa no se explique como un sacrificio eterno, sino como una oportunidad para vivir con más dignidad… y, por qué no, con más alegría.

Porque el futuro no tiene por qué ser un funeral interminable. Puede ser un baile, un banquete, una celebración colectiva en la que nadie quede fuera. Y sí, el champán quizá siga siendo barato, pero lo importante será brindar juntos. Esa es la verdadera utopía: no un mundo perfecto, sino un mundo donde, por fin, la esperanza también sea contagiosa.

Y si la izquierda logra eso, entonces, quién sabe… quizá incluso vuelva a ser invitada a las fiestas. Eso sí: que esta vez no se acerque al DJ a pedir “La Internacional”, que bastante sufrimos ya con Paquito el Chocolatero.

Alex Corrons.

11 ago 2025

Divide et impera, la trampa de las élites

Hay épocas en las que las crisis se anuncian con estrépito, a través de guerras, colapsos financieros o catástrofes naturales. Y hay otras, como la nuestra, en las que el deterioro avanza sin un estallido visible, filtrándose como humedad silenciosa en los cimientos de la vida cotidiana. No se oye su llegada, pero está en todas partes: en el cansancio que se acumula jornada tras jornada, en la asfixia de los barrios donde el verano se vuelve insoportable, en la factura que aumenta de forma inexorable mientras el salario permanece inerte. No son estadísticas frías ni gráficos en un informe técnico, sino la textura misma de una experiencia compartida que erosiona, gota a gota, la confianza en el futuro.

En medio de ese desgaste, el sistema comparece con soluciones que, más que reparar el daño, lo disimulan. La intervención se reviste de campañas luminosas, eslóganes cuidadosamente pulidos y compromisos solemnes, casi siempre respaldados por las mismas corporaciones que han contribuido a originar el problema. El feminismo aparece estampado en camisetas confeccionadas en talleres de explotación, el ecologismo se empaqueta en envases promocionados como “reciclables” que esconden cadenas de producción destructivas, y el derecho a la vivienda se convierte en hipotecas que atan a varias décadas de deuda.

El fracaso de estos remedios no es un accidente. Cuando inevitablemente se revela su insuficiencia, la sociedad oscila entre interpretarlo como incompetencia o como parte de un cálculo deliberado. Ese espacio intermedio, ambiguo y cargado de sospecha, es el terreno más fértil para los discursos reaccionarios, que, aunque carezcan de un proyecto de transformación real, encuentran en la frustración social un combustible inagotable.

El feminismo, concebido como herramienta para desmontar las estructuras que perpetúan la desigualdad de género, se ve atrapado en una doble distorsión. El mercado lo absorbe y lo convierte en moda, neutralizando su capacidad disruptiva, mientras ciertos sectores minoritarios, autoproclamados feministas, desplazan la lucha hacia un antagonismo abstracto contra lo masculino. Estas expresiones, aunque marginales, reciben una atención mediática desproporcionada, configurando una imagen deformada de la causa que alimenta el rechazo y facilita la expansión del antifeminismo.

La crisis climática sufre un proceso semejante. La degradación ambiental, documentada por consensos científicos, se reduce en el discurso público a campañas de “greenwashing”, donde empresas con una huella ecológica inmensa patrocinan cumbres medioambientales y anuncian productos “verdes” cuya producción depende de procesos extractivos devastadores. Con el tiempo, y tras tantas promesas incumplidas, una parte de la población empieza a percibir la crisis climática no como una urgencia sino como un artificio más.

La pandemia del COVID-19 aceleró este ciclo de desconfianza. Mensajes contradictorios, datos incompletos y medidas percibidas como arbitrarias minaron la legitimidad institucional. Lo sanitario se convirtió en identidad política y la deliberación racional cedió paso a un tribalismo de bandos opuestos.

Fenómenos similares pueden observarse en el tratamiento mediático de la inmigración o de la ocupación de viviendas. La excepción estadística se magnifica hasta convertirse en amenaza generalizada. El inmigrante deja de ser vecino para convertirse en competidor o peligro cultural, y el “okupa” se presenta como depredador de la propiedad legítima. La indignación, en lugar de dirigirse hacia las estructuras que generan la precariedad, se redirige hacia actores con igual o menor poder socioeconómico.

En España, la tensión entre independentismo y nacionalismo español se comporta como un mecanismo de retroalimentación perfecta. Cada gesto de un bloque alimenta la movilización del otro, saturando el espacio público de símbolos mientras las cuestiones materiales —empleo, vivienda, energía— permanecen sin resolver.

La lógica de todo este proceso es constante. Un problema real recibe un tratamiento superficial, su fracaso alimenta la desconfianza y esta se canaliza hacia explicaciones simplistas que dividen y fragmentan. El poder se preserva no por su fuerza directa, sino porque logra desviar la energía social hacia conflictos laterales que desgastan pero no transforman.

Este mecanismo no solo es político, sino profundamente cultural. Se apoya en la necesidad humana de certezas, en la inclinación a señalar culpables visibles aunque no sean los verdaderos responsables y en la seguridad emocional que ofrece pertenecer a un grupo frente a un adversario cercano. La emancipación, si es posible, pasa por invertir la dirección de nuestra mirada: dejar de enfrentarnos entre iguales y dirigir la atención hacia las estructuras verticales que determinan nuestra vida. Mientras sigamos mirando hacia los lados, el poder seguirá protegido bajo la sombra de su estrategia más antigua y eficaz: dividir para reinar.


Alex Corrons.