Todo esto tuvo siempre que ver con la civilización, aunque solo una de las partes en conflicto pareció entenderlo con la suficiente claridad como para actuar en consecuencia. Fue, desde el principio, una guerra de civilizaciones, no en el sentido rudimentario con que Huntington embaló su mercancía para consumo anglosajón y recreo de think tanks subvencionados, sino en el único sentido que de verdad importa, el que separa a quienes levantaron el álgebra de quienes perfeccionaron la franquicia. A quienes trazaron jardines como si estuvieran ordenando el cosmos de quienes aprendieron a anunciar operaciones militares con la misma gravedad con que un adolescente informa en sus redes sociales de que ha cambiado de canción favorita.
Conviene establecer el contraste con la frialdad clínica que exige la historia. Por un lado, una civilización que dio al mundo a Ciro el Grande, a Avicena, a Omar Khayyam, a Rumi y a tantos otros. Una civilización que produjo geometrías espirituales, miniaturas de precisión metafísica, sistemas filosóficos que Europa tardó siglos en comprender y que, siendo generosos, aún comprende a medias. Por el otro, una potencia que legó al planeta la hamburguesa industrial, la hegemonía financiera convertida en chantaje, y la costumbre de envolver la barbarie en el celofán verbal de la democracia, los derechos humanos y los valores universales, con una convicción que habría enternecido a los mejores propagandistas del siglo XX.
Lo más memorable de esta historia no fue el espectáculo en sí, sino lo que vino después. El silencio sepulcral, cómplice, perfectamente administrado del llamado Occidente civilizado, que no encontró ni una sola palabra para articular siquiera la indignación protocolaria que suele reservar para asuntos incomparablemente menores. Ningún comunicado, ninguna declaración solemne, ningún gesto mínimo en dirección a la dignidad, solo ese silencio viscoso de quien aprueba pero prefiere no firmar, que es probablemente la forma más refinada de cobardía que ha producido la política institucional contemporánea.
Los iraníes, por su parte, respondieron con algo que no figuraba en ninguno de los modelos de simulación del Pentágono, esa gran industria de preverlo todo salvo la realidad, más de catorce millones de civiles formando muros humanos alrededor de infraestructuras estratégicas, no con misiles sino con cuerpos, no con consignas sino con presencia física sostenida. Una movilización de escala histórica que desmonta el relato occidental de que la sociedad iraní es un bloque de pasividad administrada desde arriba, una especie de decorado autoritario sin profundidad social, sin memoria y sin nervio colectivo.
Mientras tanto, el autodenominado Imperio del Caos alcanzaba su punto de quiebre operacional con esa elegancia involuntaria que suele acompañar a las potencias en decadencia cuando empiezan a tropezar con la realidad. El USS Tripoli viró hacia el sur del Índico con sus dos mil quinientos marines a bordo —lo que en el dialecto eufemístico de los estados mayores se denomina “reposicionamiento táctico” y en el idioma menos creativo de los hechos se llama retirada—, dejando en escena únicamente submarinos equipados con misiles Tomahawk, ese emblema técnico de la potencia occidental cuya eficacia real, como tantas otras leyendas del arsenal contemporáneo, se degrada en contacto con el mundo.
Fue entonces cuando llegó el alto el fuego, con Pakistán apresurado a recogerse a sí mismo en el espejo con la pose de mediador providencial, en lo que resultó ser desde el primer momento una operación de relaciones públicas con ambiciones de trascendencia histórica y capacidad real de intermediación aproximadamente equivalente a cero. La escena alcanzó su cénit cuando el propio primer ministro pakistaní olvidó borrar el encabezado redactado por la Casa Blanca antes de publicarlo como si fuera propio. Probablemente el copia-pega más caro de la diplomacia reciente, y un recordatorio útil de que incluso los figurantes deberían revisar el guión antes de salir a escena.
La realidad, sin embargo, era bastante más interesante que la coreografía oficial. Fue China quien puso las garantías en el último momento, quien aseguró a Irán que Estados Unidos aceptaría al menos una parte sustantiva del plan iraní, y quien mostró un poder real detrás de una tregua que Islamabad apenas alcanzó a enmarcar para la fotografía. Y en ese solo detalle se resume ya media época. La potencia que antes dictaba, hoy mendiga garantías. La que antes observaba, hoy las concede.
La tinta del acuerdo, no obstante, apenas había tenido tiempo de secarse cuando ocurrió exactamente lo que nadie mínimamente familiarizado con el expediente histórico de la región debería haber descartado jamás. Israel lanzó la operación bautizada, con esa afición por la necropoesía administrativa que a veces invade a ciertos departamentos militares, como “Oscuridad Eterna”, descargando en apenas diez minutos más de ciento sesenta bombas sobre Beirut, el valle de la Becá y el sur del Líbano. El balance, más de doscientos cincuenta muertos. El alto comisionado de Derechos Humanos de la ONU lo describió como “sencillamente espantoso” y añadió que semejante matanza, apenas horas después de anunciar una tregua, “desafía toda lógica”. Lo cual es cierto, pero solo si uno sigue partiendo del supuesto —cada vez menos sostenible— de que la lógica forma parte del instrumental político de quienes todavía se presentan como custodios del orden internacional.
La excusa ofrecida por Tel Aviv y Washington fue una pequeña obra maestra de la semántica degenerada. Líbano “no estaba incluido” en el acuerdo. Un argumento que contradecía frontalmente lo declarado por el propio mediador pakistaní, quien había afirmado de forma explícita que el alto el fuego se aplicaba “en todas partes, incluido el Líbano”, y que dejaba al descubierto la naturaleza exacta de una tregua cuyo principal arquitecto oficial no sabía, o no quería decir, qué incluía exactamente. Es decir, no un acuerdo, sino una coartada con membrete.
Las consecuencias fueron inmediatas y, para cualquiera que hubiese prestado atención, enteramente previsibles. El presidente del Parlamento iraní declaró que el alto el fuego y las negociaciones eran ya “poco razonables”, dado que varios principios del acuerdo habían sido violados antes de cumplirse veinticuatro horas. Los Guardianes de la Revolución Islámica emitieron una advertencia sin ambigüedad posible. Si la agresión contra el Líbano no cesaba de inmediato, responderían de una manera que haría arrepentirse a sus destinatarios. E Irán volvió a cerrar el Estrecho de Ormuz con la sobriedad de quien recuerda al mundo que las palancas reales de presión no desaparecen porque alguien haya estampado una firma sobre un papel.
Y, sin embargo, la delegación iraní acudió a Islamabad, con la dignidad de quien se presenta a negociar sabiendo que el otro invitado llega con las manos todavía húmedas, con la paciencia glacial de las civilizaciones largas, que saben distinguir entre el ruido de los titulares y el movimiento profundo de las placas tectónicas de la historia.
Porque mientras todo esto ocurría en el plano visible (bombas, comunicados, retiradas tácticas), en el plano verdaderamente decisivo se estaba consolidando una arquitectura financiera alternativa. Una infraestructura silenciosa, funcional, irreversible, construida para operar precisamente allí donde durante medio siglo Occidente creyó que solo podía existir bajo su supervisión. China recibía más de un millón de barriles diarios de petróleo iraní a través de buques cisterna con transpondedores silenciados, con pagos en yuanes procesados a través del sistema CIPS, al margen de SWIFT, de las sanciones occidentales, de los seguros occidentales y, lo que resulta más humillante para el viejo orden, al margen también de su capacidad de intimidación. Una infraestructura operativa permanente en el punto geográficamente más sensible del planeta.
Y sobre ese telón de fondo llegó el remate, Irán y Omán cobrarán peaje a los barcos que crucen Ormuz, incluidos los estadounidenses, en yuanes. En yuanes. En el estrecho que Washington había considerado durante décadas como extensión natural de su esfera de influencia. El viejo orden monetario no se derrumba de un día para otro. Se erosiona, se vacía, se vuelve inoperante primero en la periferia y luego, cuando ya es demasiado tarde para salvarlo, también en el centro. El petrodólar no caerá con estruendo, sino con esa clase de decadencia burocrática que suele acompañar a los imperios cuando todavía conservan la estética del mando pero ya han perdido el monopolio de la obediencia. Y las negociaciones que se abren lo hacen bajo una asimetría decisiva. Una parte negocia desde la ansiedad operacional de quien sabe que cada movimiento empeora su posición. La otra, desde la serenidad de quien comprende que el tiempo ha empezado a jugar a su favor.
La civilización que construyó el álgebra sigue en pie. Cobra peaje en su propio estrecho. Liquida en su propia moneda de referencia alternativa. Espera. La que inventó la Big Mac envía negociadores, redacta borradores ajenos, administra silencios y reza con pastores evangélicos, una vez más, para que la historia tenga poca memoria. La historia, por desgracia para ellos, no suele cooperar.

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