El sistema internacional atraviesa una fase de transformación estructural que desborda las categorías analíticas tradicionales. No se trata únicamente de una crisis coyuntural, sino de una mutación profunda del orden surgido tras 1945 y consolidado después de 1991. La cuestión central ya no es si el orden liberal internacional se encuentra en declive, sino qué arquitectura lo reemplazará.
Irán se ha convertido en uno de los escenarios donde esta transición se manifiesta con mayor nitidez. Más que un conflicto regional, representa un punto de fricción entre dos concepciones del sistema mundial: la continuidad de la primacía estratégica estadounidense y el avance progresivo de un orden multipolar articulado en torno a nuevas alianzas euroasiáticas.
La instrumentalización de la guerra y la lógica de distracción
En este contexto, la amenaza de confrontación directa —o de guerra por delegación— cumple también funciones de política interna. Históricamente, las grandes potencias han recurrido a la tensión exterior como mecanismo de cohesión doméstica y como vía de escape ante crisis económicas o institucionales. La historia estadounidense muestra cómo los ciclos de expansión militar han coincidido con momentos de fragilidad financiera o polarización interna.
La persistencia de burbujas especulativas en la economía estadounidense y el peso estructural del complejo industrial-militar —extendido a los ámbitos congresual, mediático, académico y de inteligencia— configuran incentivos objetivos para mantener escenarios de confrontación prolongada. El presupuesto de defensa proyectado para los próximos años refuerza esta tendencia.
Sin embargo, una guerra directa contra Irán implicaría riesgos estratégicos elevados: desestabilización energética global, escalada regional y costes políticos internos imprevisibles. Por ello, el escenario más plausible continúa siendo el de presión máxima acompañada de negociaciones intermitentes, más que una invasión abierta.
Ucrania y la persistencia de la guerra por delegación
La guerra en Ucrania constituye otro eje de esta fase de transición. Para Estados Unidos, el conflicto responde a la lógica de contención estratégica de Rusia; para parte de las élites europeas, representa además una reafirmación identitaria atlántica. No obstante, el trasfondo estructural incluye el control de recursos, corredores energéticos y equilibrios de seguridad en Eurasia.
Lejos de debilitar el bloque euroasiático, el conflicto ha acelerado dinámicas alternativas: acuerdos energéticos en monedas distintas al dólar, fortalecimiento de mecanismos financieros paralelos y cooperación militar ampliada entre Rusia, China e Irán.
El factor energético europeo: vulnerabilidad estructural
La Unión Europea enfrenta una transformación energética que redefine su competitividad industrial. La sustitución del gas ruso por gas natural licuado (GNL), en gran medida procedente de Estados Unidos, ha elevado los costes estructurales de producción, afectando especialmente a Alemania, tradicional motor industrial del continente.
Esta reconfiguración no solo tiene implicaciones económicas, sino geopolíticas: consolida una dependencia energética transatlántica en detrimento de la autonomía estratégica europea. La desindustrialización progresiva de sectores intensivos en energía podría alterar de forma duradera el equilibrio económico interno de la UE.
Eurasia y la arquitectura financiera emergente
Mientras tanto, el eje Rusia-India-China (RIC), junto con la ampliación de los BRICS, avanza en la construcción de mecanismos alternativos. Tres vectores resultan clave:
-Diversificación monetaria y expansión gradual del yuan en transacciones energéticas.
-Sistemas de pago alternativos al SWIFT dominado por Occidente.
-Cooperación estratégica en seguridad marítima y logística euroasiática.
El objetivo no es un colapso inmediato del dólar —que sigue siendo la principal moneda de reserva— sino la erosión paulatina de su monopolio estructural.
Estados Unidos frente a China: el eje decisivo
Más allá de Ucrania o Irán, el verdadero centro de gravedad del sistema internacional es la relación entre Estados Unidos y China. Washington define el Indo-Pacífico como prioridad estratégica, vinculando explícitamente su prosperidad económica a su capacidad de proyección en esa región.
Para Pekín, en cambio, la prioridad reside en consolidar su autonomía tecnológica, asegurar corredores comerciales y reforzar la internacionalización del yuan sin provocar una ruptura abrupta que desestabilice el sistema financiero global del que también depende.
La competencia es sistémica, pero no necesariamente militar. Incluye cadenas de suministro, minerales estratégicos, inteligencia artificial, control marítimo y arquitectura financiera.
El trasfondo histórico
La crisis actual puede interpretarse como el agotamiento del paradigma liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial y universalizado tras la caída de la URSS. La tesis del “fin de la Historia” resultó prematura. La Historia no terminó: se desplazó hacia otros centros de poder.
Durante siglos, la tradición filosófica occidental —desde Platón y Aristóteles hasta la Ilustración— articuló la base conceptual del orden europeo. Tras 1945, Estados Unidos asumió el liderazgo sistémico. Tras 1991, lo ejerció sin contrapesos. Hoy, por primera vez en décadas, ese liderazgo encuentra límites estructurales.
Conclusión: una transición sin manual de instrucciones
El mundo no se dirige necesariamente hacia un conflicto total, pero sí hacia una fase de competencia estratégica permanente, fragmentación normativa y reconfiguración de alianzas. Irán, Ucrania y el Indo-Pacífico son escenarios distintos de un mismo proceso: la disputa por la definición del orden internacional del siglo XXI.
La multipolaridad no implica estabilidad automática; tampoco la hegemonía garantiza paz duradera. Lo que define el momento actual es la incertidumbre estructural: un sistema que ya no responde a las reglas del pasado, pero que aún no ha consolidado las del futuro.
En ese espacio de transición, cada crisis regional adquiere dimensión sistémica. Y cada decisión estratégica tiene consecuencias que trascienden fronteras.

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