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4 abr 2015

IRA PROFUNDA: Necesitamos redescubrir algo que perdimos en el camino.




En un mundo mejor no habría razón para escribir esto. En ese mundo, las bolsas de plástico estarían prohibidas, los paletos dejarían de conducir sus ostentosos Ford F-350s de manera voluntaria y los pijos enrollados de las urbanizaciones molonas dejarían de creer que sus coches híbridos pueden salvar el mundo. Pero ese no es nuestro mundo.

En este mundo, cuando las cosas se ponen feas, muchos de nosotros estamos demasiado cómodos para preocuparnos, demasiado educados para hablar. Con tanto en juego necesitamos redescubrir algo que perdimos durante el camino: nuestra rabia.

He estado dando vueltas al tema durante un tiempo y todo lo que puedo decir es que las cosas han ido a peor: deforestación, extinción de especies, sobrepesca, glaciares que se derriten, niveles de CO2 por las nubes y mucho más. Ganamos unas cuantas batallas simbólicas aquí y allá, pero la foto fija general es de derrota abrumadora. Y esta es la razón por la que éste no es tu “mejor mundo posible de paz y amor en el que estamos en esto juntos, sé el cambio que quieres ver...”, un círculo vicioso que se ha convertido en el precio a pagar por una generación entera de activistas profesionales.

Soy un chico de la “generación concienciada”, aquellos que nacimos aprendiendo a reducir, reutilizar y reciclar. Recuerdo lo primero que aprendí sobre calentamiento global en el instituto, allá por los años 90. En aquellos tiempos se le llamaba efecto invernadero. Mucho de mi temprano conocimiento medioambiental vino por los vídeos que ponían en clase sobre lluvia ácida, la tala y quema del Amazonas y el agujero de la capa de ozono. También teníamos el eslogan “piensa global, actúa local” empotrado en la pared del aula durante toda la asignatura de Estudios Sociales 11. A aquellos de nosotros a los que nos importaba todo aquello mínimamente creíamos en aquel mantra religiosamente, aunque todo cuanto nos rodeaba -los suministros del instituto, las ropas que vestíamos, la comida que comíamos- venía de más allá del océano.

Al mismo tiempo en que aprendíamos a ser más conscientes sobre nuestras elecciones en el mercado, el bazar global se abría a los regímenes comerciales de la Organización Internacional de Comercio, Tratado de Libre Comercio de América del Norte y Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, eliminando cualquier posibilidad que tuviésemos de hacer realidad nuestras elecciones ambientales. Antes de que fuésemos lo suficientemente adultos para saber algo sobre la “huella de carbono”, esta ya era en nuestro caso diez veces la de un chaval en el mundo en desarrollo. Mientras tanto nuestros libros de historia estaban llenos de inspiradoras citas de Ghandi, Martin Luther King y Mandela, todas trayéndonos el mensaje de que el cambio, incluso revolucionario, sería sentimental, bonito, fácil, positivo. La primera vez que la policía amenazó con arrestarnos en una protesta medioambiental, nos cagamos en los pantalones. Resultó que la positividad tenía sus límites. Y eso fue exactamente lo que obtuvimos con esa mierda.


No hay nada peor que la promiscuidad interorganizacional, especialmente entre defensores del medioambiente y ONGs. Somos como un grupo de niños maltratados volcando nuestras frustraciones los unos en los otros en lugar de unirnos y dirigir nuestra atención a otros lugares. Pero como no tenemos la iniciativa colectiva para enfrentarnos al maltratador, peleamos entre nosotros, esta es la única forma de liberar la rabia impotente que todos sentimos. Aún así, tengo algo que decir: cada vez que veo a uno de mis héroes medioambientales subirse al carro de las corporaciones para decir alguna gilipollez sobre que no hay bandos en la lucha contra el cambio climático, o como el pesimismo es un ataque a la imaginación, se me rompe el corazón. Recientemente, el autor de best-sellers medioambientales, conferenciante TED, antropólogo y explorador interno del National Geographic Wade Davis recorrió ese camino. En una entrevista con un periódico de Vancouver se hizo eco con orgullo de sus días como consultor de una empresa energética diciendo: “En todos estos conflictos por los recursos, no hay enemigos, sólo soluciones”. Esta clase de discurso empalagoso frente a un problema violento es nuestro mayor problema.

Así que si vamos a ponernos serios ante este horizonte disruptor y crecientemente apocalíptico, tenemos que enfrentar la imagen de sentimiento de bienestar que inunda a mi generación. Tenemos que decir ¡que se jodan! las charlas TED, con su sincero, pero vacío optimismo. ¡Que se jodan! los gurús de la positividad reivindicando que el mundo no se muere, que sólo cambia. Y ¡que se jodan! los ecologistas voluntariosos de jugar limpio con las grandes empresas del petróleo y la electricidad, diciendo cosas como: “no vas a poder parar la explotación de arenas bituminosas*. Es ingénuo pensar que puedes”, como dijo Davis no hace mucho. Este tipo de pensamiento se parece mucho al de esas almas temerosas que pensaron que el apartheid estaba demasiado arraigado para derrotarlo, que las grandes tabaqueras eran demasiado ricas para asumir responsabilidades, que los recortes de derechos sociales estaban demasiado establecidos para frenarlos, que no hay nada que ni tú ni yo ni nadie pueda hacer para enfrentarse a una industria multimillonaria. La verdad es que nada en este mundo es inevitable.

Podemos posponer todo en nuestra vida. Siempre hay algo más de tiempo. Pero de verdad... ¿VAMOS A SENTARNOS A ESPERAR?

El año pasado vi con asombro como un grupo radical de estudiosos de las Primeras Naciones de Canadá** puso en pié en Vancouver a la audiencia de una conferencia académica llamada Global Power Shift. En lugar de contestar con los estándares con los que lo hace la academia cuando se enfrenta a una cuestión social -“esto es problemático”- tuvieron el valor de tomar partido. Uno en particular, el Dr. Glen Coulthard de los Yellowknives Dene***, distribuyó un artículo diciendo que los compañeros en primera línea de batalla por el clima y el medioambiente en Canadá, estaban ya cansados de que se les dijera que no debían mostrar ira; dado el actual proceso de colonización, robo y explotación, la ira no es la respuesta natural, sino la única respuesta moral.

Lo que insinuaba era un resurgimiento de la ira. Ira Profunda. El tipo de ira que vuelca mesas, defiende al débil del fuerte, prefiere morir a vivir de rodillas. Muchos de los ecologistas más relevantes no están a gusto con esta clase de lenguaje. Implica que tenemos algo que hacer más allá de firmar una petición. Significa que no puedes contar las minúsculas concesiones de las corporaciones como victorias. Significa que debes desatarte un poco.

En nuestra cultura, la ira es signo de mala educación, brutalidad, violencia e indulgencia. Es políticamente incorrecta. Impresiona a la gente. Estamos asustados por la ira como lo estamos por la pasión obsesiva o el erotismo manifiesto. La ira es oscura y sucia, pero la Ira Profunda es una forma de empatía, cuidado, incluso amor. Los psicólogos explican que la ira es una respuesta natural y apropiada ante situaciones de violación de nuestros límites. No tener nada que decir en cuanto a si el ecocidio va a suceder o no -y que te pidan participar en debates calmados y hermosos sobre si hay que expandir las arenas bituminosas o no- es una violación de nuestros límites. Todavía de algún modo, se espera de nosotros que sonriamos y mantengamos nuestra imaginación abierta como si la positividad fuera la meta del movimiento.

La gran ironía es esta, a pesar de la llamada de nuestra civilización a la razón, hay una profunda irracionalidad, un punto ciego fatal que borra de la mente las emociones y la cordura. Negamos tan profundamente lo que ocurre en nuestro planeta que nos arriesgamos a nuestra propia extinción.

A menos que la humanidad rompa con esa negación, a menos que empecemos a cabrearnos -jodidamente cabreados- no podremos aceptar el reto que se nos presenta. No seremos capaces de levantarnos y encarar nuestra realidad planetaria... no seremos capaces de luchar... y no seremos capaces de ganar.

Darren Fleet y Stefanie Krasnow


*Arenas mezcladas con hidrocarburos que precisan de un proceso altamente contaminante y que utiliza gran cantidad de recursos para aislarlos. Suponen gran parte de las reservas de petróleo de Canadá.
**Denominación moderna de los pueblos indígenas de Canadá a excepción de los Inuit y los Métis.
***Una de las Primeras Naciones de Canadá.


Publicado originalmente en inglés en Adbusters

9 dic 2013

Nelson Mandela

por Brian Ashley, redactor de la revista sudafricana Amandla!
 
Unos nacen grandes; otros adquieren la grandeza, y a otros la grandeza les es impuesta (Shakespeare, Una noche de reyes)

Amandla! no cree en los milagros. Mandela no es inmortal. Ha vivido la más plena de las vidas. Amandla! se pone junto a su familia, del Congreso Nacional Africano (ANC, la organización por la cual vivió y por la cual murió), de sus camaradas más íntimos, especialmente los acusados de traición entre 1956 y 1961 y los prisioneros de Robben Island que todavía viven, del pueblo Suráfricano así como de los millones de personas en todo el mundo para señalar el traspaso de un gran hombre.

Aun así, Mandela no fue ningún dios, ningún santo, sino un hombre del pueblo. Él reafirma que personas nacidas en circunstancias humildes pueden ascender y cumplir proezas extraordinarias.

Mandela poseía todos los atributos de grandeza descritos en la cita de Shakespeare. Es en este sentido que la nación sudafricana, tal como es, con sus divisiones, polarizaciones y desigualdades, rinde homenaje a un hombre que dedicó su vida a la liberación de su pueblo.

Al escuchar la noticia, gente que nunca conoció a Mandela ha tenido una sensación de aturdimiento como la que tienes sólo cuando te informan de la muerte de uno de tus más íntimos. Así es como la mayoría de Venezuela se sintió con la muerte de Chávez. El traspaso de Mandela será llorado de forma casi universal.

 Fue querido por los sudafricanos, negros y blancos, ricos y pobres, de izquierdas y de derechas. Fue querido por su honradez y su integridad. Fue querido porque no era ni Mbeki ni Zuma [los dos presidentes que lo han sucedido]. Era un visionario, tenía un gran proyecto. Era político. Tenía un gran sentido de los tiempos estratégicos. Aún así, no era maquiavélico. Fue querido porque no era ni Mugabe ni Blair. Su visión consumió su vida. Era de carácter dulce. Y como un buen padre que bien te quiere, a veces te podía hacer llorar.

Era digno y sobre todo tenía un aprecio inmenso hacia su pueblo y hacia el proyecto de construir una Suráfrica no racista y no sexista.

Pero por encima de todo era un hombre africano de conciencia. Era un hombre de virtud. Virtud y conciencia que hicieron que fuera tan aplaudido por todo el planeta, puesto que dirigió una nación en un momento en que la virtud y la moralidad estaban universalmente ausentes entre los líderes globales. Criticó a Bush y Blair por la guerra contra Irak: “Aquello que condeno es que un poder, con un presidente que no tiene ninguna previsión y que no sabe pensar bien, ahora quiere llevar el mundo de golpe hacia un holocausto”.

A Blair, le dedicó estas palabras: “Él es el ministro de asuntos exteriores de los Estados Unidos. Ya no es el primer ministro de Gran Bretaña”.

Se elevó por encima de la amargura y del resentimiento. Era abnegado y sabía conectar con sus enemigos y superar muchas divisiones. Fue grande porque era el gran unificador. De muchas maneras fue el arquitecto de la nueva Suráfrica.

Con todo esto, no obstante, hemos de evitar la creación de un mito. Mandela no fue ni rey ni santo. Mandela no estuvo solo. Sólo hay que leer el gran poema de Bertold Brecht para saberlo.

Preguntas de un obrero que lee (Bertold Brecht)

¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida, ¿quién la volvió a levantar otras tantas?
Quienes edificaron la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales Roma la grande. Sus césares ¿sobre quienes triunfaron?
Bizancio tantas veces cantada, para sus habitantes ¿sólo tenía palacios?
Hasta la legendaria Atlántida, la noche en que el mar se la tragó,
los que se ahogaban pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India. ¿El sólo?
César venció a los galos. ¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida. ¿Nadie lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años. ¿Quién ganó también?

Un triunfo en cada página. ¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años. ¿Quién pagaba los gastos?

Tantas historias, tantas preguntas.

La lucha para liberar Suráfrica fue un esfuerzo colectivo. Además, fue el poder de los más oprimidos -los obreros en las fábricas, los pobres dentro de sus comunidades, mujeres y hombres de la clase obrera y la juventud- que hizo que el gobierno del apartheid, si no llegó a someterse completamente, al menos negociara los términos del fin de su sistema racista.

Toda lucha necesita un vehículo, un movimiento con una dirección que le puede dar una orientación política, tomar las opciones estratégicas y tácticas difíciles. El ANC llegó a ser predominante. Aun así, Mandela fue el primero en reconocer el papel de un abanico amplio de movimientos que constituían la lucha por la liberación nacional y el movimiento democrático de masas.

Y mientras que Mandela fue quién inició las conversaciones con el gobierno del apartheid, se ligó a la dirección colectiva del ANC. Tomó la iniciativa, pero lo hizo como parte de un colectivo. Fue hombre de la organización. Procuró explicar que él era producto de la ANC. Era hombre del negro, verde y oro –sus colores- pero sabía ir más allá de las fronteras de la organización.

En palabras de Fikile Bam, antiguo preso de Robben Island que pertenecía al Frente de Liberación Nacional, de izquierda:

“Mandela tenía esta calidad de poder mantener la gente unida. No importaba si eras del Congreso Pan-africano o del ANC, o de lo que fuera, todos tendíamos a reunirnos en torno suyo. Incluso sus críticos –y había- acabaron sometiéndose a él en última instancia como líder moral. Todavía tiene esta calidad. Sin él no me puedo imaginar cómo habría ido la transición”.

Sí, se pronunciarán y se escribirán millones de palabras sobre el legado de Mandela, ahora, durante los próximos meses, el año que viene y después. Y nos costará hacer justicia a este legado. El más difícil será capturar el Mandela esencial, yendo más allá de la creación del mito y, a la vez, valorando con exactitud la naturaleza contradictoria de este legado.

Claro que el presente no se puede entender sin entender el pasado, y no se puede atribuir la culpa de todo aquello que va mal en la Suráfrica actual a Zuma o Mbeki.

El acuerdo negociado que dio lugar en la Suráfrica democrática en base a una persona un voto será considerado el éxito más grande de Mandela. Evitó el camino de la tierra quemada y del baño de sangre que ahora vemos en Siria.

“Su objetivo fue siempre la desracialización de la sociedad sudafricana y la creación de una democracia liberal. Para ese fin estaba dispuesto a llegar a compromisos con personas con diferentes opiniones. Fue capaz de centrarse en su objetivo con una convicción y una lucidez absolutas, y fue un hombre de una disciplina extrema”.

Con todo, son esos compromisos que ahora se están deshaciendo. La desigualdad social que no se ha resuelto ha dado lugar, en palabras de Thabo Mbeki, a un país de dos naciones: un blanca y relativamente próspera, la segunda negra y pobre.

Habrá que ponderar el legado de Mandela también por el hecho que Suráfrica está más dividida que nunca como resultado de la desigualdad y la exclusión social. Los ricos se están haciendo más ricos y los pobres más pobres. El gran unificador podía emprender grandes actos simbólicos de reconciliación para apaciguar la nación blanca, pero, puesto que esto requería, por definición, sacrificar la redistribución de la riqueza, la reconciliación con los blancos se llevó a cabo a expensas de la inmensa mayoría de las personas negras.

Mandela fue grande, pero no tan grande que pudiera salvar la división social radicada en el capitalismo del siglo XXI que nos ha dado la era del 1 por ciento. Es un hecho desafortunado que la transición de Suráfrica se produjera durante el periodo en que el poder global se arraigó a la corporación global, empoderado mediante las normas de la globalización neoliberal. La reconciliación exigió el abandono de la política del ANC tal como lo había expresado Mandela a su salida de la prisión: “la nacionalización de las minas, de los bancos y de la industria monopolista es la política del ANC y el cambio o la modificación de nuestros criterios en relación a esto es inconcebible”.

Aun así, es ese abandono de la nacionalización -nacionalización que simbolizaba la redistribución de la riqueza- que fue dictado por las necesidades de la reconciliación no solamente con el establishment blanco, sino con el capitalismo global. En palabras del mismo Mandela en una entrevista con Anthony Lewis: “El desarrollo del sector privado continúa siendo la fuerza motriz del crecimiento y del desarrollo”. Sus encuentros con la élite global en Davos, sede del Foro Económico Mundial, lo convenció que había que llegar a una solución de compromiso con los financieros. Fueron los encuentros a altas horas de la noche con los capitanes del capitalismo sudafricano, como por ejemplo Harry Oppenheimer, que reforzaron su creencia que no había ninguna alternativa al camino capitalista.

En palabras de Ronnie Kasrils: “Aquel fue el periodo, de 1991 a 1996, cuando se puso en marcha la batalla por el alma del ANC y se perdió ante el poder y la influencia de las empresas. Aquel fue el punto de inflexión funesto. Diré nuestro momento faustiano, cuando quedamos entrampados – algunos gritando hoy que traicionamos nuestro pueblo”.

Es precisamente ese camino capitalista que ha resultado tan desastroso y que podría, a la larga, destruir la obra de toda la vida de Mandela, la obtención de una persona un voto en una Suráfrica no racial y no sexista. Para rendir homenaje a la vida de dedicación y de sacrificio de Mandela por la igualdad entre el blanco y el negro, la lucha tiene que continuar.

Ahora se tiene que centrar en superar la desigualdad y en conseguir la justicia social. En esta lucha necesitaremos la grandeza y la sabiduría de muchos Mandela. Necesitaremos una organización dedicada a movilizar toda Suráfrica, tanto la negra como la blanca, por la liberación de la riqueza de este país de las manos de una élite minúscula. Nos hará falta un movimiento como el ANC de Mandela, un movimiento basado en una dirección colectiva con las calidades combinadas de Walter Sisulu, Govan Mbeki, Ahmed Kathrada, Fatima Meer, Albertina Sisulu, Chris Hani, Ruth First, Joe Slovo, Robert Sobukwe, Steve Biko, IB Tabata, Neville Alexander y los otros grandes que dirigieron nuestra lucha por la liberación nacional. Pero, lo más importante, es que nos harán falta las personas que toman su vida en sus propias manos y se convierten en sus propios libertadores

¿No es por eso que Nelson Mandela luchó?