7 mar 2026

LA OFENSIVA CONTRA IRÁN Y EL OCASO DEL IMPERIO

La escalada militar desatada contra Irán durante la última semana no constituye un mero conflicto bilateral, sino un punto de inflexión en las relaciones internacionales cuyas repercusiones redefinirán el orden global durante las próximas décadas. Lo que presenciamos no es un "conflicto localizado" —como eufemísticamente lo calificarían los comunicados oficiales— sino la extensión natural de un modus operandi imperial que, habiendo agotado su repertorio en Gaza, busca nuevos escenarios donde representar su ya gastada obra de "guerra humanitaria" y "defensa preventiva".

Los bombardeos sobre Teherán, Isfahán y otras ciudades iraníes verificados desde el 28 de febrero presentan características que trascienden lo militar para adentrarse en lo que el derecho internacional tipifica sin ambages como crímenes de guerra. El jurista Alfred de Zayas, en un análisis que debería quemar las manos de cualquier funcionario de Naciones Unidas con mínima integridad profesional, ha documentado violaciones sistemáticas de la Carta de Naciones Unidas (artículo 2.4, prohibición del uso de la fuerza), los Convenios de Ginebra (protección de civiles y bienes de carácter civil) y el Estatuto de Roma (crímenes de agresión y contra la humanidad).

Resulta casi cómico —si no fuera trágico— observar cómo los mismos actores que firmaron estos instrumentos jurídicos los convierten en papel mojado con la naturalidad de quien utiliza un paraguas roto. La comunidad internacional asiste, una vez más, al espectáculo de ver cómo el derecho internacional se aplica con el mismo rigor selectivo que la justicia en una república bananera.

Los ataques contra infraestructura educativa —particularmente la escuela primaria bombardeada el primer día, con 165 niñas asesinadas— no constituyen "daños colaterales" sino mensajes codificados en un lenguaje que Washington domina a la perfección, el de la disuasión mediante el terror. Cuando se destruyen sistemáticamente hospitales, barrios residenciales y centros educativos, no se está "degradando capacidades militares", se está comunicando a la población que ningún lugar es seguro, que la distinción entre combatiente y civil es un concepto tan obsoleto como el derecho internacional que pretendía protegerlo.

La destrucción de la residencia del ayatolá Jamenei, con el asesinato del líder espiritual y su familia, representa una escalada cualitativa, el asesinato selectivo de liderazgos religiosos no es mera táctica militar, sino un acto con profundas implicaciones simbólicas que solo puede entenderse desde una lógica de cruzada.

Las declaraciones de Donald Trump —ese fenómeno político que algunos analistas persisten en llamar "presidente" cuando términos como "capo mafioso o terrorista con acceso a códigos nucleares" resultarían más precisos— revelan una concepción teocrática del poder que resultaría pintoresca si no estuviera respaldada por el mayor arsenal de la historia. Afirmar que se actúa como “designado por Dios” y rezar en la Casablanca, con una imagen que parece replicar la Última Cena, rodeado de sus “apóstoles”, mientras se bombardea a niñas en escuelas constituye un ejercicio de disonancia cognitiva que solo puede sostenerse desde una fe inquebrantable en la propia impunidad.

El Secretario de Defensa, Pete Hegseth —cuyo perfil psicológico merecería un estudio clínico aparte—, ha manifestado un entusiasmo beligerante que recuerda a esos personajes de la historia universal que solemos estudiar con la seguridad de que "eso no volverá a ocurrir".

El alineamiento automático de líderes europeos —como el británico Starmer, el francés Macron o el alemán Merz— con la agresión estadounidense constituye uno de los espectáculos más patéticos de la geopolítica contemporánea. Estos mandatarios, que gustan de presentarse como defensores del multilateralismo y el orden internacional basado en reglas, actúan en la práctica como notarios de una política que dinamita precisamente esas reglas.

Su complicidad no es pasiva, es activa, logística, diplomática y, llegado el caso, militar. La pregunta que deberían formularse los ciudadanos europeos es ¿hasta cuándo seguirán pagando los costos —económicos, migratorios, de seguridad— de una subordinación que ni siquiera les reporta beneficios tangibles?

Paradójicamente —y aquí reside el interés analítico del momento—, esta exhibición de fuerza delata una debilidad estructural que los manuales de estrategia militar identifican como "sobrextensión imperial". Estados Unidos y sus aliados han desplegado tal volumen de recursos en Ucrania, el Pacífico y ahora Oriente Próximo, que su capacidad para sostener múltiples frentes simultáneos encuentra límites materiales insostenibles.

Irán, consciente de esta dinámica, ha diseñado durante décadas una estrategia de guerra asimétrica y desgaste progresivo que comienza a mostrar resultados. La economía estadounidense, con niveles de deuda que harían palidecer a un apostador compulsivo, difícilmente podría sostener un conflicto prolongado de alta intensidad sin consecuencias sistémicas.

Nos encontramos, posiblemente, ante un "momento constituyente" del orden global. La pregunta no es si el sistema unipolar occidental sobrevivirá, sino qué forma adoptará su transformación y qué costos humanos implicará el proceso.

Los líderes occidentales, atrapados en su propia retórica excepcionalista y en fantasmagorías teológicas que mezclan el sionismo mesiánico con el evangelismo apocalíptico, parecen incapaces de leer las señales que el sistema internacional les envía. Actúan como esos personajes de tragedia griega que, ciegos a su destino, caminan resueltamente hacia el abismo mientras declaman su propia invulnerabilidad.

La agresión contra Irán no constituye un episodio más en la larga lista de intervenciones occidentales. Representa, por el contrario, una prueba existencial para el sistema internacional y para la conciencia colectiva de la humanidad. Si después de lo ocurrido en Gaza —dos años de genocidio transmitido en tiempo real—, después de los bombardeos a escuelas y hospitales iraníes, después del asesinato de líderes religiosos en sus hogares, la comunidad internacional persiste en su inacción, habremos certificado no solo la muerte del derecho internacional, sino la bancarrota moral de una civilización que se pretendía superior.

La cuestión, en definitiva, no es si Estados Unidos y su "Imperio de Mentiras" serán derrotados. La cuestión es si la humanidad será capaz de construir algo mejor sobre sus ruinas, o si simplemente asistiremos a la sustitución de un orden criminal por otro.

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