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11 ago 2025

Divide et impera, la trampa de las élites

Hay épocas en las que las crisis se anuncian con estrépito, a través de guerras, colapsos financieros o catástrofes naturales. Y hay otras, como la nuestra, en las que el deterioro avanza sin un estallido visible, filtrándose como humedad silenciosa en los cimientos de la vida cotidiana. No se oye su llegada, pero está en todas partes: en el cansancio que se acumula jornada tras jornada, en la asfixia de los barrios donde el verano se vuelve insoportable, en la factura que aumenta de forma inexorable mientras el salario permanece inerte. No son estadísticas frías ni gráficos en un informe técnico, sino la textura misma de una experiencia compartida que erosiona, gota a gota, la confianza en el futuro.

En medio de ese desgaste, el sistema comparece con soluciones que, más que reparar el daño, lo disimulan. La intervención se reviste de campañas luminosas, eslóganes cuidadosamente pulidos y compromisos solemnes, casi siempre respaldados por las mismas corporaciones que han contribuido a originar el problema. El feminismo aparece estampado en camisetas confeccionadas en talleres de explotación, el ecologismo se empaqueta en envases promocionados como “reciclables” que esconden cadenas de producción destructivas, y el derecho a la vivienda se convierte en hipotecas que atan a varias décadas de deuda.

El fracaso de estos remedios no es un accidente. Cuando inevitablemente se revela su insuficiencia, la sociedad oscila entre interpretarlo como incompetencia o como parte de un cálculo deliberado. Ese espacio intermedio, ambiguo y cargado de sospecha, es el terreno más fértil para los discursos reaccionarios, que, aunque carezcan de un proyecto de transformación real, encuentran en la frustración social un combustible inagotable.

El feminismo, concebido como herramienta para desmontar las estructuras que perpetúan la desigualdad de género, se ve atrapado en una doble distorsión. El mercado lo absorbe y lo convierte en moda, neutralizando su capacidad disruptiva, mientras ciertos sectores minoritarios, autoproclamados feministas, desplazan la lucha hacia un antagonismo abstracto contra lo masculino. Estas expresiones, aunque marginales, reciben una atención mediática desproporcionada, configurando una imagen deformada de la causa que alimenta el rechazo y facilita la expansión del antifeminismo.

La crisis climática sufre un proceso semejante. La degradación ambiental, documentada por consensos científicos, se reduce en el discurso público a campañas de “greenwashing”, donde empresas con una huella ecológica inmensa patrocinan cumbres medioambientales y anuncian productos “verdes” cuya producción depende de procesos extractivos devastadores. Con el tiempo, y tras tantas promesas incumplidas, una parte de la población empieza a percibir la crisis climática no como una urgencia sino como un artificio más.

La pandemia del COVID-19 aceleró este ciclo de desconfianza. Mensajes contradictorios, datos incompletos y medidas percibidas como arbitrarias minaron la legitimidad institucional. Lo sanitario se convirtió en identidad política y la deliberación racional cedió paso a un tribalismo de bandos opuestos.

Fenómenos similares pueden observarse en el tratamiento mediático de la inmigración o de la ocupación de viviendas. La excepción estadística se magnifica hasta convertirse en amenaza generalizada. El inmigrante deja de ser vecino para convertirse en competidor o peligro cultural, y el “okupa” se presenta como depredador de la propiedad legítima. La indignación, en lugar de dirigirse hacia las estructuras que generan la precariedad, se redirige hacia actores con igual o menor poder socioeconómico.

En España, la tensión entre independentismo y nacionalismo español se comporta como un mecanismo de retroalimentación perfecta. Cada gesto de un bloque alimenta la movilización del otro, saturando el espacio público de símbolos mientras las cuestiones materiales —empleo, vivienda, energía— permanecen sin resolver.

La lógica de todo este proceso es constante. Un problema real recibe un tratamiento superficial, su fracaso alimenta la desconfianza y esta se canaliza hacia explicaciones simplistas que dividen y fragmentan. El poder se preserva no por su fuerza directa, sino porque logra desviar la energía social hacia conflictos laterales que desgastan pero no transforman.

Este mecanismo no solo es político, sino profundamente cultural. Se apoya en la necesidad humana de certezas, en la inclinación a señalar culpables visibles aunque no sean los verdaderos responsables y en la seguridad emocional que ofrece pertenecer a un grupo frente a un adversario cercano. La emancipación, si es posible, pasa por invertir la dirección de nuestra mirada: dejar de enfrentarnos entre iguales y dirigir la atención hacia las estructuras verticales que determinan nuestra vida. Mientras sigamos mirando hacia los lados, el poder seguirá protegido bajo la sombra de su estrategia más antigua y eficaz: dividir para reinar.


Alex Corrons.

6 ago 2025

Del cuerpo colectivo al sujeto atomizado: el fascismo de la plaza y el del smartphone


Del desfile al scroll infinito: cómo muta el autoritarismo entre el siglo XX y el XXI

Así como en el siglo XX el fascismo se alimentó de la cultura de la masa, el siglo XXI presencia su mutación digital bajo la cultura del smartphone. Lejos de ser un fenómeno puramente ideológico, el autoritarismo debe ser comprendido también como una estructura emocional, cultural y corporal que encuentra nuevas formas de expresión según el contexto histórico y tecnológico.

En el siglo pasado, la industrialización transformó radicalmente la vida humana: desplazó a millones de personas del campo a las ciudades, reconfiguró las relaciones sociales a través del trabajo fabril, impuso una nueva temporalidad regida por el reloj y la cadena de montaje. Este proceso no solo modificó el entorno físico y económico, sino que desarticuló los vínculos comunitarios tradicionales, produciendo una sensación de desarraigo, anonimato y vacío existencial. En este contexto de incertidumbre, el fascismo emergió como una promesa de orden, pertenencia y unidad.

Los regímenes fascistas del siglo XX supieron interpretar y canalizar ese malestar profundo. Lo hicieron no solo mediante discursos nacionalistas y autoritarios, sino a través de una sofisticada construcción estética y emocional. Como señaló Wilhelm Reich en La psicología de masas del fascismo, el éxito del fascismo no puede explicarse únicamente por la propaganda o el control político, sino por su capacidad para conectar con una estructura psíquica autoritaria ya presente en amplios sectores de la población. Reich describió cómo la represión emocional (especialmente la represión sexual), la educación autoritaria y el miedo a la libertad creaban sujetos que ansiaban someterse a una figura fuerte, a un padre simbólico que prometiera protección a cambio de obediencia.

En este marco, la masa no era simplemente un conjunto de individuos: era una configuración emocional y corporal. Las plazas se llenaban de cuerpos alineados, marchando al unísono, celebrando su fusión en una identidad superior, nacional y homogénea. El fascismo estetizó la obediencia colectiva, convirtió la represión en orgullo, y ofreció al individuo alienado la ilusión de ser parte de algo más grande que sí mismo. El líder carismático, omnipresente y monumental, ocupaba el centro simbólico de esa masa que lo adoraba con fervor casi religioso.

Sin embargo, el paso del tiempo, el desarrollo tecnológico y el avance del neoliberalismo no eliminaron esa disposición autoritaria. Solo la transformaron.

En el siglo XXI, el autoritarismo no desaparece: se reinventa bajo nuevas formas. Ya no se construye en las plazas, sino en las plataformas digitales; ya no se sostiene sobre la homogeneidad visible de la masa, sino sobre la fragmentación hipervisibilizada del individuo. La cultura del smartphone, como ecosistema emocional y dispositivo de control, ha inaugurado una nueva modalidad de sometimiento: más sutil, más personalizada, más difícil de percibir.

Hoy, el sujeto no marcha al paso, pero desliza el dedo sincronizadamente; no grita consignas colectivas, pero reacciona con likes o comentarios programados; no escucha discursos del líder en plazas, pero sigue cuentas virales que le dicen qué pensar, qué temer y a quién odiar. La obediencia ya no se impone desde un altavoz central, sino que se genera algorítmicamente, en la selección de contenidos que confirman prejuicios, alimentan miedos y polarizan opiniones.

Lo que Reich llamó la "coraza del carácter" —una rigidez muscular y emocional construida para reprimir el deseo y asegurar la sumisión— ha sido reemplazada por una armadura digital, hecha de notificaciones, dopamina instantánea, vigilancia invisible y recompensas simbólicas. El autoritarismo contemporáneo ya no necesita imponer un orden externo con bayonetas, porque ha aprendido a moldear el deseo desde dentro, a través de las emociones, las pantallas y los hábitos cotidianos.

El nuevo fascismo no se impone como una ruptura del orden democrático, sino que se filtra dentro de él, camuflado de libertad de expresión, de espontaneidad viral, de sentido común reaccionario. Es un fascismo de baja intensidad, pero de alta penetración emocional. Y, como su predecesor, no requiere tanto de la violencia directa como del consentimiento entusiasta de quienes creen actuar por voluntad propia.

La plaza ha sido reemplazada por el feed; el desfile, por el scroll infinito; el líder monumental, por el influencer viral; la obediencia colectiva, por el automatismo individual. Pero en el fondo, el mecanismo sigue siendo el mismo: generar miedo, ofrecer orden, y canalizar el deseo hacia la sumisión.

El fascismo ha mutado con los tiempos: de cuerpos alineados en la plaza a dedos alineados sobre pantallas. Pero su lógica profunda persiste, adaptándose a las formas culturales de cada época. Comprenderlo no solo como una ideología, sino como una estructura emocional y tecnológica, es el primer paso para desactivarlo. 

Alex Corrons.