10 may. 2014

El negocio electoral y la miseria del liderazgo

El privilegio, por definición, defiende y protege al privilegio. […] Más que desgastar, el poder corrompe; […] el poder se otorga generosamente a quien esté dispuesto a rendir homenaje a la autoridad jerárquica y de ese modo consigue una promoción social que en cualquier otro caso no hubiese alcanzado nunca. […] El poder es como una droga: la necesidad del uno y de la otra es desconocida para quienes no los han probado, pero después de iniciarse en ellos aparece la dependencia y la necesidad de dosis cada vez más altas; surge también el rechazo de la realidad y el retorno a los sueños infantiles de omnipotencia.

A quien no conozca al autor de esta cita: prometemos revelar su identidad a condición de resolver el siguiente acertijo. ¿Cuál de los siguientes gloriosos y abnegados “líderes del pueblo” ha decidido no competir en las próximas elecciones europeas? [Son solo algunos ejemplos. Que cada cual complete la alineación con sus propios héroes locales, si los hubiere –si no los hay, sin duda los habrá]:
Por si alguien se anima, ahí va la segunda pregunta: ¿son más las diferencias que los separan o las similitudes que los acercan? [Antes de responder, se recomienda releer la cita del encabezado].

Y la tercera: ¿acaso importa la pregunta anterior, tratándose del circo mediático de la democracia, el abuso, el saqueo, la mentira y el reparto de sillones de cuero bajo control de la mayor mafia corporativa y militar de la historia? Porque la Unión Europea, queridos niños, como todos sabemos, no es ese vergel de valores, principios y melodías coloristas que nos vendieron hace años, sino el mamporrero de un proyecto totalitario-capitalista expandido con la globalización neoliberal y asegurado por una organización terrorista llamada OTAN. Eso lo saben hasta en Plutón.

La cuarta y última, por lo tanto: ¿qué hostias hacen ahí quienes predican su condición de “portavoces del pueblo”? ¿Qué se creen que van a lograr? Dicen que “ha llegado el momento”. ¿El momento de qué? ¿El momento de hacer el canelo disputándole el trofeo a los dueños del trofeo? ¿El momento de perder el tiempo desmovilizando el trabajo de base? ¿El momento de utilizar la calle para sumar una docena de votos despistados?

[…] nos cegamos con el poder y con el prestigio hasta olvidar nuestra fragilidad esencial: con el poder pactamos todos, de buena o mala gana, olvidando que todos estamos en el ghetto, que el ghetto está amurallado, que fuera del recinto están los señores de la muerte, que poco más allá espera el tren.

No olvidemos dónde están esas murallas y lo altas que son, dónde está el tren y hacia dónde va, quiénes son los señores de la muerte y para quién trabajan. Si lo olvidamos estamos perdidos. No olvidemos que los derechos de todos son incompatibles con los privilegios de una élite. No olvidemos que la tarea de mantener ese régimen infame de privilegios y mentiras corre a cargo, entre otros, de un sistema electoral que torea nuestras voluntades con promesas y espejismos. No olvidemos que una cosa es asumir que todos vivimos dentro del sistema [para pelear lo más conscientemente posible] y otra muy distinta es pensar que “el sistema se cambia desde dentro” [disfrutando de las plazas reservadas a los “rebeldes institucionalizados”]. No olvidemos que un intento de reforma mínimamente atrevido implica la inmediata expulsión del sistema.

Para que tal cosa no ocurra, para que un proyecto político tenga éxito más allá de las chorradas mediáticas y el comercio electoral, primero ha de existir el pueblo. Eso se logra trabajando abajo, con los pies en el suelo y las manos sucias, haciendo política de verdad y olvidando las tentaciones de arriba. Solo entonces habrá un pueblo y difícilmente expresará la necesidad de ser representado. Eso también lo saben en Plutón. Si queremos ser pueblo, empecemos por distinguir cuáles son nuestras responsabilidades y cuáles son las armas que ellos utilizan para domesticarnos.

Ellos, amantes de la “democracia” y enemigos de la justicia, dicen: “para poder opinar hay que votar”, “dejad de protestar y jugad a las elecciones”, “no seáis antisistema”, “las cosas se cambian desde dentro”… “venid, podemos jugar juntos”. Y vosotros, líderes rebeldes, vais, y jugáis.

Qué pena. Qué oportunidad perdida para haber abierto ese melón podrido trabajando con verdadera UNIDAD, desde la abstención activa, desde la movilización de base, desde la política de verdad, sin entorpecer ni sabotear el trabajo cotidiano, paciente, laborioso y resistente de quienes no quieren cambiar las caras del poder sino borrar ese poder del mapa. Otra oportunidad perdida por culpa de la miserable competición en busca de las migajas del gran negocio electoral.

Otra oportunidad perdida, insistimos, si es que realmente pensáis lo que decís. Si es así, no olvidéis algo: son los “pueblos” los que discuten y deciden por sí mismos. Las “poblaciones” miran, escuchan y obedecen a sus soberanos. Sólo teniendo que decidir se llega a ser pueblo. Y el pueblo tenemos que ser todos y todas. Todos y todas debemos querer serlo. Decidir no es lo mismo que votar. Dejad de hablar de “la gente” en tercera persona, como si vosotros no fuerais “gente”. Basta ya de hablar “al pueblo” como si existiera. Basta de cantar la misma canción déspota y paternalista. Dejad el ego y las ambiciones en casa o largaos con ellas dondequiera que descansen los líderes heroicos. Dejad a “la gente” en paz. Dejadnos en paz. Nadie necesita “un líder”, por mucho que se nos trate de convencer de que “hace falta que alguien arregle esto”. No existe ese “alguien” que vaya a “arreglar esto”. La pelea por una vida digna de ser vivida es de quienes realmente quieran vivirla. En lugar de tanto líder de garrafón, necesitamos a los demás, a nuestros iguales, a quienes forman el “nosotros” con nosotros. Y cuando nos encontremos, desde ahí, podremos empezar a usar la palabra “pueblo”. Que no se nos olvide que, a día de hoy y tal como se nos impone, el término “elecciones democráticas” es el primer enemigo de la democracia. Que no se nos olvide que cada mínimo esfuerzo que prioriza la pamplina electoral sobre cualquier otra causa o proyecto de base, por pequeños que estos sean, es una ofensa intolerable. Estamos hasta la gorra de fuegos artificiales, intereses partidistas y maniobras espurias, y sabemos que cada vez más gente opina lo mismo –en Aragón o en Catalunya, en Galiza o en Euskal Herria, en Andalucía o en Madrid, en todas partes.
Sólo el pueblo defiende al pueblo.

Para ser pueblo necesitamos dejar de ser rebaño.

Para dejar de ser rebaño, conviene deshacerse de los pastores.

Como dice un compañero…
VOTAR EN LAS EUROPEAS ES COMO SACAR AL SANTO, A VER SI LLUEVE y de santos ya vamos sobrados estas primaveras.

FIRMAN: gentes que no votan y PRECISAMENTE POR ESO tienen todo el derecho a opinar.

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