9 dic. 2013

Nelson Mandela

por Brian Ashley, redactor de la revista sudafricana Amandla!
 
Unos nacen grandes; otros adquieren la grandeza, y a otros la grandeza les es impuesta (Shakespeare, Una noche de reyes)

Amandla! no cree en los milagros. Mandela no es inmortal. Ha vivido la más plena de las vidas. Amandla! se pone junto a su familia, del Congreso Nacional Africano (ANC, la organización por la cual vivió y por la cual murió), de sus camaradas más íntimos, especialmente los acusados de traición entre 1956 y 1961 y los prisioneros de Robben Island que todavía viven, del pueblo Suráfricano así como de los millones de personas en todo el mundo para señalar el traspaso de un gran hombre.

Aun así, Mandela no fue ningún dios, ningún santo, sino un hombre del pueblo. Él reafirma que personas nacidas en circunstancias humildes pueden ascender y cumplir proezas extraordinarias.

Mandela poseía todos los atributos de grandeza descritos en la cita de Shakespeare. Es en este sentido que la nación sudafricana, tal como es, con sus divisiones, polarizaciones y desigualdades, rinde homenaje a un hombre que dedicó su vida a la liberación de su pueblo.

Al escuchar la noticia, gente que nunca conoció a Mandela ha tenido una sensación de aturdimiento como la que tienes sólo cuando te informan de la muerte de uno de tus más íntimos. Así es como la mayoría de Venezuela se sintió con la muerte de Chávez. El traspaso de Mandela será llorado de forma casi universal.

 Fue querido por los sudafricanos, negros y blancos, ricos y pobres, de izquierdas y de derechas. Fue querido por su honradez y su integridad. Fue querido porque no era ni Mbeki ni Zuma [los dos presidentes que lo han sucedido]. Era un visionario, tenía un gran proyecto. Era político. Tenía un gran sentido de los tiempos estratégicos. Aún así, no era maquiavélico. Fue querido porque no era ni Mugabe ni Blair. Su visión consumió su vida. Era de carácter dulce. Y como un buen padre que bien te quiere, a veces te podía hacer llorar.

Era digno y sobre todo tenía un aprecio inmenso hacia su pueblo y hacia el proyecto de construir una Suráfrica no racista y no sexista.

Pero por encima de todo era un hombre africano de conciencia. Era un hombre de virtud. Virtud y conciencia que hicieron que fuera tan aplaudido por todo el planeta, puesto que dirigió una nación en un momento en que la virtud y la moralidad estaban universalmente ausentes entre los líderes globales. Criticó a Bush y Blair por la guerra contra Irak: “Aquello que condeno es que un poder, con un presidente que no tiene ninguna previsión y que no sabe pensar bien, ahora quiere llevar el mundo de golpe hacia un holocausto”.

A Blair, le dedicó estas palabras: “Él es el ministro de asuntos exteriores de los Estados Unidos. Ya no es el primer ministro de Gran Bretaña”.

Se elevó por encima de la amargura y del resentimiento. Era abnegado y sabía conectar con sus enemigos y superar muchas divisiones. Fue grande porque era el gran unificador. De muchas maneras fue el arquitecto de la nueva Suráfrica.

Con todo esto, no obstante, hemos de evitar la creación de un mito. Mandela no fue ni rey ni santo. Mandela no estuvo solo. Sólo hay que leer el gran poema de Bertold Brecht para saberlo.

Preguntas de un obrero que lee (Bertold Brecht)

¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida, ¿quién la volvió a levantar otras tantas?
Quienes edificaron la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales Roma la grande. Sus césares ¿sobre quienes triunfaron?
Bizancio tantas veces cantada, para sus habitantes ¿sólo tenía palacios?
Hasta la legendaria Atlántida, la noche en que el mar se la tragó,
los que se ahogaban pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India. ¿El sólo?
César venció a los galos. ¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida. ¿Nadie lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años. ¿Quién ganó también?

Un triunfo en cada página. ¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años. ¿Quién pagaba los gastos?

Tantas historias, tantas preguntas.

La lucha para liberar Suráfrica fue un esfuerzo colectivo. Además, fue el poder de los más oprimidos -los obreros en las fábricas, los pobres dentro de sus comunidades, mujeres y hombres de la clase obrera y la juventud- que hizo que el gobierno del apartheid, si no llegó a someterse completamente, al menos negociara los términos del fin de su sistema racista.

Toda lucha necesita un vehículo, un movimiento con una dirección que le puede dar una orientación política, tomar las opciones estratégicas y tácticas difíciles. El ANC llegó a ser predominante. Aun así, Mandela fue el primero en reconocer el papel de un abanico amplio de movimientos que constituían la lucha por la liberación nacional y el movimiento democrático de masas.

Y mientras que Mandela fue quién inició las conversaciones con el gobierno del apartheid, se ligó a la dirección colectiva del ANC. Tomó la iniciativa, pero lo hizo como parte de un colectivo. Fue hombre de la organización. Procuró explicar que él era producto de la ANC. Era hombre del negro, verde y oro –sus colores- pero sabía ir más allá de las fronteras de la organización.

En palabras de Fikile Bam, antiguo preso de Robben Island que pertenecía al Frente de Liberación Nacional, de izquierda:

“Mandela tenía esta calidad de poder mantener la gente unida. No importaba si eras del Congreso Pan-africano o del ANC, o de lo que fuera, todos tendíamos a reunirnos en torno suyo. Incluso sus críticos –y había- acabaron sometiéndose a él en última instancia como líder moral. Todavía tiene esta calidad. Sin él no me puedo imaginar cómo habría ido la transición”.

Sí, se pronunciarán y se escribirán millones de palabras sobre el legado de Mandela, ahora, durante los próximos meses, el año que viene y después. Y nos costará hacer justicia a este legado. El más difícil será capturar el Mandela esencial, yendo más allá de la creación del mito y, a la vez, valorando con exactitud la naturaleza contradictoria de este legado.

Claro que el presente no se puede entender sin entender el pasado, y no se puede atribuir la culpa de todo aquello que va mal en la Suráfrica actual a Zuma o Mbeki.

El acuerdo negociado que dio lugar en la Suráfrica democrática en base a una persona un voto será considerado el éxito más grande de Mandela. Evitó el camino de la tierra quemada y del baño de sangre que ahora vemos en Siria.

“Su objetivo fue siempre la desracialización de la sociedad sudafricana y la creación de una democracia liberal. Para ese fin estaba dispuesto a llegar a compromisos con personas con diferentes opiniones. Fue capaz de centrarse en su objetivo con una convicción y una lucidez absolutas, y fue un hombre de una disciplina extrema”.

Con todo, son esos compromisos que ahora se están deshaciendo. La desigualdad social que no se ha resuelto ha dado lugar, en palabras de Thabo Mbeki, a un país de dos naciones: un blanca y relativamente próspera, la segunda negra y pobre.

Habrá que ponderar el legado de Mandela también por el hecho que Suráfrica está más dividida que nunca como resultado de la desigualdad y la exclusión social. Los ricos se están haciendo más ricos y los pobres más pobres. El gran unificador podía emprender grandes actos simbólicos de reconciliación para apaciguar la nación blanca, pero, puesto que esto requería, por definición, sacrificar la redistribución de la riqueza, la reconciliación con los blancos se llevó a cabo a expensas de la inmensa mayoría de las personas negras.

Mandela fue grande, pero no tan grande que pudiera salvar la división social radicada en el capitalismo del siglo XXI que nos ha dado la era del 1 por ciento. Es un hecho desafortunado que la transición de Suráfrica se produjera durante el periodo en que el poder global se arraigó a la corporación global, empoderado mediante las normas de la globalización neoliberal. La reconciliación exigió el abandono de la política del ANC tal como lo había expresado Mandela a su salida de la prisión: “la nacionalización de las minas, de los bancos y de la industria monopolista es la política del ANC y el cambio o la modificación de nuestros criterios en relación a esto es inconcebible”.

Aun así, es ese abandono de la nacionalización -nacionalización que simbolizaba la redistribución de la riqueza- que fue dictado por las necesidades de la reconciliación no solamente con el establishment blanco, sino con el capitalismo global. En palabras del mismo Mandela en una entrevista con Anthony Lewis: “El desarrollo del sector privado continúa siendo la fuerza motriz del crecimiento y del desarrollo”. Sus encuentros con la élite global en Davos, sede del Foro Económico Mundial, lo convenció que había que llegar a una solución de compromiso con los financieros. Fueron los encuentros a altas horas de la noche con los capitanes del capitalismo sudafricano, como por ejemplo Harry Oppenheimer, que reforzaron su creencia que no había ninguna alternativa al camino capitalista.

En palabras de Ronnie Kasrils: “Aquel fue el periodo, de 1991 a 1996, cuando se puso en marcha la batalla por el alma del ANC y se perdió ante el poder y la influencia de las empresas. Aquel fue el punto de inflexión funesto. Diré nuestro momento faustiano, cuando quedamos entrampados – algunos gritando hoy que traicionamos nuestro pueblo”.

Es precisamente ese camino capitalista que ha resultado tan desastroso y que podría, a la larga, destruir la obra de toda la vida de Mandela, la obtención de una persona un voto en una Suráfrica no racial y no sexista. Para rendir homenaje a la vida de dedicación y de sacrificio de Mandela por la igualdad entre el blanco y el negro, la lucha tiene que continuar.

Ahora se tiene que centrar en superar la desigualdad y en conseguir la justicia social. En esta lucha necesitaremos la grandeza y la sabiduría de muchos Mandela. Necesitaremos una organización dedicada a movilizar toda Suráfrica, tanto la negra como la blanca, por la liberación de la riqueza de este país de las manos de una élite minúscula. Nos hará falta un movimiento como el ANC de Mandela, un movimiento basado en una dirección colectiva con las calidades combinadas de Walter Sisulu, Govan Mbeki, Ahmed Kathrada, Fatima Meer, Albertina Sisulu, Chris Hani, Ruth First, Joe Slovo, Robert Sobukwe, Steve Biko, IB Tabata, Neville Alexander y los otros grandes que dirigieron nuestra lucha por la liberación nacional. Pero, lo más importante, es que nos harán falta las personas que toman su vida en sus propias manos y se convierten en sus propios libertadores

¿No es por eso que Nelson Mandela luchó?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.